Bailar salsa en el barrio

por Elena Acosta

Ilustración de Jenny Giraldo García.

La música es el refugio de las
almas ulceradas por la dicha.

Emil Cioran, Los silogismos de la amargura.

Crecí en un barrio situado justo donde las montañas del oriente empiezan a empinarse, ni periferia ni centro, cerrado sobre sí mismo componiendo ese territorio que a los quince años trazaba los límites de mi mundo, así que salir era salir dentro del barrio. Durante la semana íbamos al colegio en las mañanas y repartíamos las tardes entre hacer tareas y encontrarnos. La vida estaba en la calle. Niños y niñas maduraron a la fuerza y dejaron sus juegos con carritos y muñecas por motos, pistolas o pañales de bebés que tal vez nunca sabrían quiénes fueron sus padres; otros murieron de maneras inconcebibles y algunos resistieron y se salvaron, aunque ninguno fue ajeno al torbellino de aquellos años.

Pero mientras vivimos en el barrio, por encima de los sinos individuales hubo un único destino colectivo: la música. Todos escuchábamos música, solos o acompañados. Tangos, guasca y canciones tristes para oír con ruana tomando aguardiente; “romántica” en la que voces portentosas cantaban a los alaridos infidelidades, celos y venganzas; “baladas americanas” que sonaban en emisoras juveniles, al mismo tiempo que heavy metal, glam, el pop de Madonna, Michael Jackson y otros tantos cuyos pasos de baile sabían hacer los más diestros, quienes interrumpían la trapeada matutina para correr los muebles de la sala y alardear; gaitas, porros, cumbias, vallenatos, chucu-chucu y, entre ese maremágnum de sonidos, salsa.

Bailar salsa marcaba el punto más alto en la jerarquía de los bailadores del barrio. Ni siquiera las piruetas del tango se le comparaban. Todos guardaban silencio y se quedaban paralizados ante el virtuosismo de un bailarín capaz de seguir con sus piernas las descargas salseras. Los bailes eran rituales, también competencias, y cuando sabíamos que se acercaba uno practicábamos los días anteriores con la trapeadora, las puertas, ante cualquier vidrio o espejo. No siempre fueron bailes planeados, cualquier lugar podía convertirse en nodo de la fiesta, donde convergían las fuerzas convulsas de la época: desde el quicio de una puerta, una acera, la sala de una casa, una tienda, una terraza y hasta un garaje se transformaban de un momento a otro en escenarios de juergas que hicieron historia.

La preparación para el rito iniciático era larga y comenzaba en la casa natal. Muchos de nuestros abuelos fueron desde jóvenes bailarines consumados de boleros y tangos en las cantinas de Guayaquil, enfermos por la Sonora Matancera y Carlos Gardel; así que la fiebre de orquestas como las de Pacho Galán y Lucho Bermúdez los cogió preparados y aprendieron rápido esa cadencia que en Medellín no siguió a rajatabla la costeña, sino que constituyó una mezcla entre sabrosura cumbiera y elegancia tanguera, “porro marcado” le llamaron al híbrido, clímax de la cotidianidad de nuestros viejos, capaces de dejar el almuerzo servido por pararse a bailar Nubia o Fiesta de negritos si sonaban en el radio de la cocina en la que no pocas veces se derramaba la leche que estaba hirviendo, porque las abuelas también lo dejaban todo manga por hombro cuando escuchaban sus canciones. Nuestros padres crecieron entre radios que carraspeaban la música que amaban los suyos, pero su generación venía con gustos nuevos y los amigos se pasaban de mano en mano lo que llegaba de la Fania All Stars. Contemporánea del rock, la revolución salsera marcó un punto de inflexión en la historia urbana latinoamericana al que mi barrio no fue ajeno, así que algunos de mis vecinos mayores se habían ido a Nueva York antes de que yo naciera y me sorprendieron cuando los vi por primera vez: camisas estrafalarias de cuellos largos y puntudos que ceñían sus torsos esculturales, pantalones también ceñidos y de botas anchas, zapatillas brillantes, cadenas, anillos gruesos y relojes extravagantes, todo de oro, gafas oscuras así no hubiera sol. No supe muy bien qué hacían allá, aunque la gente hablaba, pero en realidad, sus vestuarios eran parte de una moda cuyos dictámenes casi todos se esforzaban en seguir, como haría también mi generación con la que le tocó en suerte: chaquetas de cuero y ropa de marca fueron moneda corriente entre nosotros; blusas con hombreras, minifaldas muy altas, Reebok de todos los colores, medias tobilleras con bolita atrás, uñas pintadas de rosado, naranja o verde fosforescentes, aretas largas, cadenas con dijes vistosos, copetes de Alf y cabelleras teñidas por completo o con rayitos hasta el final de la espalda y motiladas a lo salvaje, labios rojos, rubores fuertes, pestañinas y rayitas muy marcadas en los ojos y perfumes mareadores eran elementos básicos de nuestra apariencia. Muchos de nuestros abuelos habían querido ser dandis paisas, mezcla de bolerista, sonero, morocho del Abasto y director de orquesta; algunos de nuestros padres se vistieron de camajanes criollos, fusión de rockstar empobrecido, cantante o tumbador de orquesta y malandro; del mismo modo, muchos de los nacidos entre los setenta y los ochenta imitábamos por igual el estilismo y el vestuario de las estrellas del pop americano y de los cantantes, bailarines y bailarinas de orquestas locales, incorporados, ¡cómo no!, a esa estética vernácula que se impuso en Medellín: el nar-decó. Esos pastiches vestimentarios intergeneracionales desfilaban por los bailes del barrio, para los que nos preparábamos desde nuestra infancia: abuelos y abuelas, padres y madres, tíos y tías, primos, primas, hermanos y hermanas mayores, fueron nuestros primeros maestros.

Y como a bailar salsa “no se aprende ni en la academia más fina”, porque “esto es calle, calle, calle, calle, rumbón de esquina”, como rezaría después la canción del Gran Combo, nuestras casas eran escuelas domésticas de la rumba. Cada generación familiar tenía su ritmo, pero todos se mezclaron haciendo de los bailarines medellinenses unos muy singulares que ya molestaban a caleños como Andrés Caicedo en tiempos de Los Hispanos, pero quienes vivimos aquí sabemos que no hay un solo estilo, sino tantos como barrios, calles, casas e individuos; en la capital antioqueña, ¡tan conservadora ella!, cada cuerpo va por donde le da la gana y en la pista nos encontramos. Las casas despertaban los sábados muy temprano, cuando los radios vomitaban noticieros plagados de sangre sonora, pero poco a poco las tareas del aseo sabatino cambiaban los ánimos, ya que las acompañaba siempre una banda sonora que sintonizábamos en Latina y aprovechábamos para “estudiar” los pasos. Ahí comenzaban las clases.

Así que desde niños nuestras casas se subdividían en lugares privados y públicos, en nuestras piezas (nunca les dijimos cuartos ni habitaciones) escenificábamos la intimidad, mientras que salas, corredores, comedores y cocinas se convertían en los espacios donde rendíamos los primeros exámenes: “Más despacio”, “no mueva la cabeza”, “volee los hombros”, “escuche”, “sienta el piano”, “mida los tiempos”, “cuidado llega la puerta a la pared antes de que dé la vuelta entera”, “no mire el piso”; la lección implicaba ciertas reglas inviolables para las niñas: “Déjese llevar”, “mire que la trapeadora se deja”, “nunca vaya más rápido que el hombre”, “el hombre lleva el paso”, “no invente”. Todavía recuerdo el pánico que sentí cuando llegó el momento de bailar el vals con mi papá y después con mi primo (bailadores consumados) en mi fiesta de quince: “Tranquilaaa” (apretando la espalda con la mano), “va bien”, “recuerde lo que le dije” (al oído), “no le hablen no le hablen no le hablen” (a los que echaban piropos), “no la desconcentren” (a los que gritaban loas): en mitad del patio, con un vestido rosado de satín, medias veladas, tacones, maquillada como una muñeca de San Andresito y con laca sosteniendo el peinado de revista, bailar ese vals era poco menos que una tortura para la que estaba preparándome desde que comenzó el año, sábado tras sábado.

Así que en mi barrio las parrandas de quince marcaban para las adolescentes un antes y un después: nos habíamos entrenado también en las fiestas de la cuadra, en las que bebíamos creyendo que nadie se daba cuenta, aunque con tenis, los tacones eran otro nivel. Además, los bailes de garaje que hacíamos los fines de semana desde los doce, turnándonos las casas y aflojando los focos (nunca les dijimos bombillos ni mucho menos lámparas), nos habían asimismo adiestrado, si no en la acrobacia de bailar salsa y demás géneros difíciles, sí en otra más sutil, pero tan primordial como la primera, la de mantener pegados los cuerpos mientras se mecen en la oscuridad, la de susurrar palabras al oído, la de sudar sin vergüenza, la de excitarse con otro protegidos por la música y la distracción de los demás, porque andaban en las mismas.

Cumplido el rito de paso, la mañana del domingo nos recibía distintas, muchas veces todavía bailando, con el vestido y las medias veladas puestos, ya en tenis; otras, abriendo la montaña de regalos que nos habían dado (casi todos proclives a la cosmética), no pocas soñando despiertas con el noviecito de turno, ¡y cuántos novios conseguimos bailando!, porque después de los quince fuimos bailarinas impertérritas y novieras pertinaces. Me aburrían las que no bailaban, como las niñas de mi colegio, que quería montones, pero con quienes no soportaba estar un fin de semana: “¿Miniteca de merengue, vallenatos y baladas? ¡Qué tal! ¡Ni que no supiera bailar!”. Así que desde entonces estuve partida entre dos mundos: el de las niñas “bien” de mi colegio y el de mis amigas del barrio, con las que amanecía cada ocho días bailando en la cuadra, competíamos por a quién “sacaban” más y nos fuimos haciendo expertas en bailar con abuelos, padres, hermanos, primos y, por supuesto, con los de nuestra edad, con los que fingíamos compostura ante los mayores: en una misma fiesta familiar había muchas capas de pieles que se tocaban distinto, de cuerpos que se pegaban o no dependiendo de la pulsión que les movía, nos volvimos duchas en bailar de tal o cual manera según la víctima; durante la semana nos moríamos de la risa burlándonos de aquellos que se habían quedado convencidos de que les deseábamos cuando lo cierto era que nos daban pesar, fuimos casi siempre las populares “calienta huevos”, pero cuando uno nos gustaba, era Troya. Nos tomábamos muy en serio las batallas, “estudiábamos” tanto para brillar en las noches de los viernes y los sábados, que no nos quedaba tiempo para hacer las tareas. Los bailes preparados eran descomunales: quinces y demás cumpleaños, navidades, años nuevos, días de las velitas, matrimonios, bautizos, primeras comuniones. Si no había baile no íbamos, para hablar estaba el colegio.

La salsa se fue tomando nuestras existencias y hasta los velorios, los entierros y las novenas de los difuntos podían terminar en baile. Nunca me olvido de un vecino que perdió a su hermanito en un accidente y llegó directo de la morgue a la casa de un primo para escuchar Sobre una tumba humilde de Cheo Feliciano: sentado contra el equipo de sonido, con una garrafa de aguardiente al lado, un día y una noche enteros, devolvía la aguja cada que se acababa la canción; la oyó tantas veces que fue imposible no rendirse ante el ritmo y terminó, literalmente, bailando la pena. Escenas como esa se repitieron hasta la náusea, porque en la Medellín de esos años los asesinatos se regaron como maleza. Muchos de los muertos eran bailadores consagrados, de tal suerte que el mejor homenaje para sus vidas era bailarnos sus muertes, y así lo hicimos. Creo que en pocas épocas de esta ciudad se ha llorado y bailado tanto a partes iguales.

Tiempos parsimoniosos durante las tardes, escuchando música, aprendiéndonos canciones y a besar sin mordernos, escribiendo cartas en hojas de cuadernos que doblábamos, llenando diarios. Tiempos acelerados de las noches de fines de semana en los que desde las siete nos aventurábamos despacio al centro de una sala y poco a poco perdíamos la timidez, a medida que las canciones se iban haciendo más pesadas; poner música daba tanto estatus como saber bailarla, porque una canción mal puesta podía acabar con un buen momento y nada peor que una de salsa romántica después de un temazo de la Ponceña, Fiol, Lavoe, Roena o Harlow; creer que una motelera podía ponerse después de Sentencia china daba cuenta de una candidez que se cobraba con el escarnio de ser un casposo. Esas noches fueron siempre in crescendo hasta amaneceres de una luz canalla que nos cobraba el banquete, pero que enfrentábamos acabando con lo que encontrábamos en las neveras de las casas. La salsa que escuchábamos (y bailábamos) aquí (y las maneras como lo hacíamos) fue el sumario de una época entera. No es de extrañar el impacto único que ha tenido entre nosotros la obra de la orquesta Narváez, mitologizada como ninguna.

Las pocas veces que me arriesgué más allá del barrio, asistí a bailes colosales en otros y fue cuando supe que, a pesar de los modos comunes, había gestualidades propias de cada barrio, de cada calle y que no era muy buena idea competir con la habilidad para bailar porros que tenían los del oriente ni para bailar salsa dura que tenían los del norte: Boston, La Toma, Enciso, La Milagrosa, El Salvador, Manrique, Aranjuez, Castilla, Robledo, San Javier eran en sí mismos universos bailables, a pesar de que en cada uno había verdaderos expertos en todo. Unos dominaban los tempos del porro marcado, había donde bailaban más rápido que en otros; dependiendo de las edades se bailaba una salsa acumbiada, aporrada o unas cumbias y porros brincados, no faltaban los que querían bailar como habaneros y hacían rondas, tampoco los que envidiaban a los bailarines de Cali y se empeñaban en coreografías imposibles, había quienes insistían en la elegancia tanguera incluso en las descargas de Richie Ray & Bobby Cruz y otros que brincaban hasta cuando bailaban boleros. Tantas ciudades en una sola, pero cuando por fin pude ir a las discotecas del centro y de la 70, me di cuenta de que en esas pistas no había ni habrá fronteras.

Todavía me sorprendo bailando sola cuando escucho “De la costilla de Adán, señores, hizo Dios a la mujer…”, “En invierno tu calor yo fui…”, “Voy a la ciudad, voy a trabajar…”, “La calle es una selva de cemento y de fieras salvajes, cómo no…”, “Oye, en la rutina de la vida estamos…”, o cuando irrumpe Joey Pastrana con Rumbón melón o Joe Quijano con En puerta de tierra, también cuando una voz anuncia “Quiero contarle mi hermano un pedacito de la historia negra, de la historia nuestra, caballero…”. Cada arranque de canción marca el inicio de un baile, así sea mental. Porque con la salsa aprendimos filosofía, nos hicimos rebeldes y resistimos con la misma fuerza con que muchas mujeres de mi generación asumimos durante buen tiempo el dictum normativo. Pero estas materias corpóreas que somos están compuestas también de esas canciones que bailamos y con las que aprendimos que la vida es más vivible si se vive bailando, a emitir signos cifrados si nos tocamos en medio de una descarga o damos una tregua a las vueltas, a sentir el perfume fundido en el sudor que corre por un cuello pegado a nuestras caras, a bajar el ritmo cuando toca y a hacer figuras cuando se requiere. Quienes estuvimos en esos bailes descomunales entendemos por qué Medellín obsesiona a tantos artistas, tal vez se trata de eternizar esa ciudad que nunca ha claudicado y, al contrario, se acostumbró a enfrentar su historia enfiestada. Quizá por eso, todavía hoy, al filo del amanecer, rezamos cantando estos versos del himno que nos regaló Rubén Blades en los albores del nuevo siglo: “En mi calle la vida y la muerte bailan con la cerveza en la mano”.