Los Russi Lara, “mejor que nunca”
por Mauricio López Rueda
Fotografías: Juan Fernando Ospina
Nuestra memoria es como una gaveta en la que acomodamos nuestros recuerdos según su importancia o impacto en nuestras vidas. Un cajón de esa gaveta está destinado para nuestros recuerdos infantiles, los cuales, a medida que envejecemos, se van extinguiendo o se vuelven más difusos, más imprecisos. Pero siempre hay un recuerdo de la infancia que explota dentro de la gaveta y sus escombros, sus residuos, caen dentro de los otros cajones y se pegan a los demás recuerdos. Por eso nos persigue toda la vida. Por eso se aparece en nuestros sueños y vuelve cada vez que evocamos el pasado.
En el caso de Mariana Lara Barbosa, ese recuerdo tiene que ver con la música, y más concretamente, con los discos. Su madre, Ruth Barbosa, era recurrente anfitriona de tertulias y pequeñas fiestas en las que, si la ocasión lo ameritaba, sacaba sus mejores discos de un baúl y los ponía a rodar en una vieja vitrola.
Mariana, que para entonces era una niña, se escabullía de su cuarto y se ponía a escuchar la música y las conversaciones de esas tertulias, y cuando por fin terminaban y los visitantes se iban, se aprovechaba del sueño de su mamá para sacar los discos del baúl y, como si se tratara de flores o plantas aromáticas, se ponía a olerlos hasta que se quedaba dormida. Le gustaba ese olor tenuemente dulce del cloruro de polivinilo, aderezado por el hedor húmedo y amargo del cartón barnizado de la funda o carátula.
En la mente imaginativa de la niña, aquel olor peculiar era tan penetrante, tan atrayente, que temía que pudiera escaparse en algún descuido, y por eso lo olía con rapidez y luego cerraba la funda para atraparlo.
A través de esa maravillosa alquimia, Mariana, que tendría siete u ocho años, se enamoró de la música para siempre.
En aquellos tiempos, los menores de edad tenían pase libre a las grandes rumbas, a la buena música. Alguien ponía la casa, o se alquilaba un garaje; alguien más llevaba una miniteca y listo, a azotar baldosa de lo lindo. Niñas, niños y adolescentes se ponían las pintas fiesteras cada fin de semana y se iban para los llamados “matinés bailables”, o “Coca Colas bailables”, y los padres confiaban en la inocencia de los “muchachitos”, y en la particularidad de que todos, sin excepción, tomaban Coca Cola, nada más que Coca Cola.
La historia de amor entre Carlos Russi y Mariana Lara comenzó en esas fiestas, o como dice Frankie Ruiz, “todo comenzó bailando”. Ella vivía en el barrio La Macarena, centro cultural y refugio de artistas en la localidad de Santa Fe, en Bogotá, y Russi, que ya era ducho en andar la calle, precisamente alquilando minitecas, era amigo de su hermano Alfredo. Y así empezaron a verse, a notarse.
Mariana era bonita, delicada, y Carlos tenía un aire de alegre mundanidad. Se vieron por primera vez en la carrera Sexta con calle 19, corazón de La Candelaria, en la medianía de los años setenta, tiempos en los que la capital colombiana sonaba a Supertramp, pero también a Corraleros de Majagual, a Nelson y sus Estrellas y a la Billos Caracas Boys.
“Alfredo, vamos al matiné bailable esta semana, pero llevá a tu hermanita”, dijo Russi esa vez que vio el rostro cándido e inocente de Mariana. Y Alfredo la llevó, con el consentimiento de la mamá, y entre baile y baile se fecundó el amor, con Alfredo como celestino y la salsa como sonido de fondo.
Carlos Russi nació en El Espino, Boyacá, y a los trece años comenzó a trabajar con la rumba. En Bogotá conoció a los hermanos Guzmán, que fueron los primeros en alquilar minitecas en Colombia.
Estaba acostumbrado a esa vida, pues su padre, Gonzalo Russi Samaniego, fue dueño de al menos cinco cafés en Bogotá, entre ellos el Club Colombia, donde se prestaban tableros de ajedrez y naipes.
Después de conocer a Mariana también comenzó a vender discos, y juntos tuvieron su primer local en la carrera Séptima con calle 19. Sentía pasión por los vinilos, y sobre todo por los de salsa. Su primera compra, antes de cumplir los catorce, fue el de Richie Ray, Jala Jala y Boogaloo, y le costó alrededor de trescientos pesos.
En esos tiempos azules de la Bogotá cultural había muchos vendedores en la Séptima, en la Sexta, en Chapinero. Mariana y Carlos recuerdan a Antonio Losada, famoso por su caseta de Los Beatles, Pedro Vargas, Jacobo Vargas, Fernando Martínez, don Saúl y el peculiar Mambo Loco, apodado así por cuenta de un álbum de Aníbal Velásquez y su Conjunto.
El cupido de la música logró su cometido y Carlos y Mariana formaron una familia. Tuvieron cuatro hijos: Carlos Alberto, Cristian, Andrea y Manuela. El primero en nacer fue Carlos Alberto, quien aprendió a tocar trombón y se unió a la banda del colegio Salazar y Herrera, cuando ya se habían ido a vivir a Medellín. Eso sucedió a comienzos de los años ochenta. Carlos ya viajaba bastante, pero se fue para Medellín porque había un gran mercado para los discos, con las emisoras y los coleccionistas. Además, nadie alquilaba minitecas en esa época, de modo que él fue pionero en ese negocio.
Después de Carlos Alberto llegaron Cristian y Andrea, y todo se volvió más difícil. Carlos vendía sus discos en un Simca 1200, amarillo, con placas de Bucaramanga y maleta delantera. Como familia montaron un local en el naciente paseo de La Playa, Fonoteca, y allí vendieron discos de todos los géneros, muchos de ellos traídos de Venezuela, del Palacio de la Música y de Discos León. En Venezuela estaba una de las prensas más grandes de Suramérica y muchos vendedores iban allí por discos, ya que eran más baratos que en Brasil o Estados Unidos.
Mariana se encargaba de Fonoteca mientras Carlos, junto a su primogénito, recorría la ciudad en su Simca amarillo. Una de sus paradas preferidas era Latina Stereo. Lo atendía directamente don Joaquín Builes, el dueño y fundador de la emisora, quien siempre estaba acompañado de su hijo pequeño, también de nombre Joaquín. Russi vendió más de dos mil discos en Latina y dejó un recuerdo imborrable en la memoria del pequeño Joaquín, o Kaco, quien hoy día se encarga de la emisora. A Kaco le encantaba el Simca, y se asombraba cuando Russi le abría la boca al carro para sacar todas sus joyas en vinilo. Para el pequeño, el Simca era como un dragón mágico que, en vez de fuego, soplaba música.
Cristian y las niñas se quedaban con Mariana en el almacén y se quedaban dormidos en algún rincón, embebidos en las imágenes de las carátulas mientras el papá se iba de correría por toda Colombia alquilando sonido, organizando fiestas y vendiendo discos.
La vida de todos ellos estuvo rodeada de música, de bares, de conciertos, de artistas. Cuando iban amigos de la escuela o del colegio a la casa, se quedaban atónitos al ver tantos elepés, camisetas y recuerdos de viajes y conciertos. Las vacaciones, las navidades, los halloween, todo estaba tangenciado por la música, sobre todo por la salsa.
Cuando Manuela cumplió los ocho años, en vez de oler discos, como Mariana, le estrechaba la mano a verdaderas leyendas, como Miguel Ángel Barcasnegras, el popular Meñique, cantante de Charlie Palmieri, quien le firmó un yeso que cubría su mano derecha luego de un pequeño accidente casero.
Andrea también recuerda episodios de ese calibre. Ella, que ahora vive en Estados Unidos y desde hace mucho almuerza, desayuna y se reúne con artistas de salsa, todavía evoca con una sonrisa el día que, estando en la casa familiar de Medellín, vio a Julio Ernesto Estrada, Fruko, cruzar el corredor de la cocina con las chanclas de su padre, pues al Teso se le habían dañado los zapatos.
Era una vida de anécdotas, de pasillos, de palcos, de camerinos, de locales comerciales y de bares, pero todos eran felices. Mariana doblaba esfuerzos entre ser madre y comerciante, y Carlos Russi se la pasaba viajando, armando conciertos, vendiendo sonido e importando discos de todas partes para llenar las repisas de Latina Stereo, Veracruz Estéreo, Todelar, Caracol y otras emisoras. Hasta la casa, de algún modo, se transformó en un almacén de música y en un ensayadero de artistas, pues Carlos también intentó eso, formar grupos para probar la suerte.
Pero en tantos vaivenes, en tantos viajes y correrías, el amor se embolató y Mariana y Carlos tomaron caminos diferentes. En el camino, además, falleció el hijo mayor, Carlos Alberto, de un cáncer. Esa tragedia retumbó en el corazón de la familia durante mucho tiempo, y solo la música pudo rescatarlos a todos del abismo.
Cristian, Andrea y Manuela seguían yendo a los bares, a los almacenes, a los conciertos. Seguían colgados de las faldas de Mariana, o acompañando a su padre en las quijotadas. Lo último que hicieron juntos fue administrar Fonoteca, en el paseo de La Playa, pero cuando Carlos se fue, Mariana se mantuvo allí durante doce años, hasta que se cansó y montó su primer bar en los alrededores del Teatro Pablo Tobón Uribe. Ese bar tuvo un hermanito, en la 70, y fue nombrado Vinilo y Café, y en ese pequeño, colorido y peculiar lugar, se condensó toda la vida de Mariana, todas sus vivencias, todos sus recuerdos anclaron en ese rinconcito de buena música. Cristian, Andrea y Manuela fueron sus compinches, sus ayudantes desde el comienzo.
La Feria de Cali siempre fue el reencuentro de toda la familia, y de los amigos entrañables. Carlos había vendido el famoso Simca y había dejado atrás sus sueños de bares y conjuntos salseros. Se había dedicado por completo al coleccionismo y al alquiler de sonido. Pero él, con toda su locura por la música, fue la llave que abrió la puerta de un nuevo capítulo en la vida de Mariana y sus hijas, la de Eddie Palmieri.
La primera vez que Mariana vio al “rey de las blancas y las negras” fue en Bogotá, en 1982, en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán. Mariana era muy joven y los ritmos afroantillanos le picoteaban la cintura y las piernas. Pero lo de Eddie era otro nivel de descarga, otra potencia rítmica y sonora. Mariana quedó fascinada, engomada con ese sonido, y tuvo muchas ganas de conocer al artista.
Pero eso solo ocurrió en 2010, en Cali. En medio de la feria, el neoyorquino se presentó gratis en el Parque de la Música, en Chipichape, y Mariana, que andaba con todos sus chécheres, dejó su puesto y tomó a Manuela de la mano y se fue directo a donde estaba Eddie, descansando.
Le hizo señas con las manos, pero el pianista estaba distraído en sus asuntos. Además, había un muchacho de la organización que custodiaba la entrada y no dejaba pasar a Mariana. Pero ella, con una calma de yoga, siguió insistiendo hasta que Eddie se dio cuenta y la llamó: “Déjala pasar, si me quiere saludar, déjala pasar”.
Ese día cambió la vida de Mariana. Conversó largo rato con el maestro y hasta intercambiaron números telefónicos. Manuela, todavía muy pequeña, le sonreía al de Harlem sin llegar a entender la magnitud del talento de ese hombre sencillo y ojos chispeantes.
Lo de Eddie fue una locura. La gente se subía en los árboles y en los postes de luz para verlo. Andrea también estuvo, pero lo vio desde las gradas. Fue algo inolvidable para las Russi Lara, pero más para Manuela, que apenas estaba empezando a dejarse llevar por la poderosa ola salsera. Andrea, en cambio, estaba más que curtida en fiestas y escenarios, gracias a su padre. Ya conocía a Tito Allen, Nicky Marrero, Luigi Texidor, Marvin Santiago y a muchos otros intérpretes famosos. Su vida era pura salsa.
Después de ese arrebato de Mariana, Eddie Palmieri entró por puertas y ventanas a la familia. Conversaban por teléfono todos los miércoles y domingos, y también se enviaban mensajes de texto o de email. El maestro las invitaba a Puerto Rico, a Estados Unidos, y ellas, a cambio, le ofrecían su casa en Medellín o lo invitaban a almorzar antes de sus presentaciones.
Se hicieron amigos entrañables. Eddie se convirtió en un confidente de Mariana, algo así como un tío abuelo o segundo padre para ella. Y las niñas, Manuela y Andrea, eran como sus nietas. Las llevaba a conciertos y las ubicaba en primera fila. Las saludaba en vivo, antes de sus recitales, y ellas disfrutaban de esos segundos de fama junto a su amigo.
Lo siguieron a muchos conciertos y lo visitaron incontables veces en su casa, o en los hoteles. Durante la pandemia fue un apoyo incondicional para Mariana, quien tuvo que cerrar Vinilo y Café debido al encierro obligatorio por causa del virus. Eddie le enviaba discos para que los vendiera, y ella pudo mantenerse a flote.
A cambio, Andrea se convirtió en un soporte para el artista, sobre todo en sus peores momentos de salud. Ella se fue a vivir a los Estados Unidos y eso le daba la posibilidad de visitarlo con mayor frecuencia. Manuela y Mariana iban una o dos veces al año.
Cuando las enfermedades empezaron a derrumbar al poderoso pianista, las llamadas y las visitas se multiplicaron, pero Eddie siempre las calmaba con una frase: “Estoy mejor que nunca”, respondía cada vez que le preguntaban por su salud. “Mejor que nunca”, un estribillo que se transformó en mantra para las Russi Lara.
Tras la muerte del maestro, no hay día en que sus amigas colombianas no lo recuerden con lágrimas en los ojos, con tacos en la garganta. Lo extrañan como se extraña a un padre, como se extraña a un amigo de toda la vida. Él les enseño a mantenerse fuertes, unidas y alegres, a pesar de las adversidades.
Mariana volvió abrir Vinilo y Café en Laureles; Manuela se unió a la familia de Latina Stereo, como locutora de la Voz de las Estrellas. Andrea tiene su vida organizada en Estados Unidos y Cristian, el más alejado de toda esa barahúnda de piano y timbales, va de vez en cuando al bar, y hasta se da el gustico de poner a rodar los vinilos.
Carlos Russi las embriagó de salsa en los inicios de cada una de sus vidas. Él puso los cimientos con sus colecciones, con sus locuras, con sus sueños de tener bares y orquestas. Eddie, por su parte, les heredó su sabor, su optimismo, su alegría. De ambos aprendieron a ser persistentes y, sobre todo, a amar la música sobre todas las cosas.
Los Russi Lara nacieron con música, arrullaron sus primeros sueños con música y hoy, todos, siguen viviendo y gozando la música. Incluso los peores recuerdos tienen alguna canción de fondo, una melodía que conecta con el pasado. Mariana, cuando recuerda sus primeros años en el mundo, tararea Los charcos, de Fruko y sus Tesos. Manuela, cuando quiere relajarse, se acuerda de Ocho y Media y la poderosa voz de Claudia Berchenko. Andrea, al otro lado del Caribe, barniza su nostalgia con la música de Palmieri y La Perfecta, y Carlos Russi, quien todavía hace fiestas y colecciona discos, se sosiega con los mambos de Tito Puente, mientras se asoma con cautela a su vibrante pasado.
Todos han tenido una vida sazonada con salsa y, por si acaso, todavía les queda otro capítulo por sandunguear, la vida con Latina Stereo.
“¿Y cómo está la familia Russi Lara?”.
“Tú sabes, mejor que nunca”.