LA NARVÁEZ:

SALSA DE CULTO PARA BAILADORES SOLITARIOS

por Fernando Mora Meléndez

orquestanarvaez.com

Un músico de Detroit, Sugar, endulza el tedio en un confín de Sudáfrica. Bandas de punk colombianas, como Masacre y Fértil Miseria, hacen estragos entre los fanáticos de Holanda y Noruega. Nadie es profeta en su tierra, trina el adagio.

La Narváez nos llega tanto que parece que fuera de aquí, dice un adepto sincero. Más que una orquesta de salsa boricua es la gran cofradía de salseros que llena estadios y entona sus cánticos como si se tratara de responsos ceremoniales. Sus devotos insisten en que no son piezas para bailar en pareja sino en solitario, con una pola en la mano. El que tenga oídos para oír que oiga Sabiduría, Obra del tiempo o Reencarnación. Son en Medellín himnos urbanos desde el 88, cuando Latina Stereo los puso a sonar en su frecuencia.

Mientras músicos ortodoxos y aguafiestas oyen la música del primer álbum como desafinada, los devotos de Reincarnation ven en este vinilo una especie de evangelio solo para iniciados. Y tal vez sean justo las imperfecciones las que hacen que suene distinto a otras bandas de salsa. Influido por las corrientes del jazz, el rock y el montuno, el disco fue una rareza incomprensible para salseros como Johnny Pacheco o un divertimento exquisito para el melómano desprevenido.

En torno a las canciones de la Narváez se mueven los devotos, ya por sus letras y soneos entonados por un dejo de áspera melancolía de barrio peligroso, ya por el estruendo de sus trombones maulladores. Hay en ellas un aliento vital que, como Dionisio, tuvo dos nacimientos, uno en Nueva York y otro en Medellín.

Desde finales de los ochenta, cuando empezaron a oírse con más fuerza sus cancionespor Latina Stereo, un locutor regó el rumor de que todos los músicos de la orquesta habían muerto en un accidente aéreo. Fue ese toque de gloria póstuma el que acabó de nimbar su leyenda. Por eso muchos fans se negaron a creer en la aparición milagrosa de la Narváez en su primer concierto en Medellín, y pensaban que era una treta de mercado para promover imitadores.

Nadie olvida aquella noche en la plaza de La Macarena, con las banderas de Colombia y Puerto Rico a lado y lado, con diez mil almas a la espera de oír, renacidos, a sus ídolos. Ante los primeros acordes de El amor a Puerto Rico, la reacción no fue bailar sino llorar, dice Helí Jones, uno de sus fieles. La gente enmudeció, hasta el empresario Edgar Berrío, artífice de esa segunda reencarnación de los músicos. A él le sonó idéntico a uno de sus vinilos más preciados, con el sonido atrapado en una pasta de cuarenta años. Los trombones de Dewell Narváez y Ralphie Rodríguez, la voz de Armando Vázquez no eran una brujería orisha de muertos vivientes. Ya no tenían dieciséis, como lo pregona su canción Sabiduría. Veteranos revivían ahora, lejos de casa, el destello de gloria de los años setenta. Al final de esta locura ritual, el director de la banda hasta rifó uno de sus trombones entre los asistentes. Hubo que esperar a que el portador de la boleta ganadora bajara de la gradería alta a reclamar el instrumento, venerable reliquia de una noche de faena salsera en la antigua plaza de toros.

Los fieles de la tribu

Helí Jones, de abuelos músicos, bongosero, programador y coleccionista, tenía diez años cuando visitaba el barrio de su abuela en Manrique Oriental, y se encontraba con muchachos mayores que él. Era un paraje de matorrales en colinas donde los pelados se movían a sus anchas, al calor del cocol, un vino callejero hecho de alcohol industrial, leche y refresco de manzana.

Cuando evoca las canciones de Reincarnation jura que las mismas escenas de esas letras estaban ocurriendo en esas cuadras a comienzos de los noventa. El álbum no sonaba en las discotecas de salsa de la ciudad sino que era música para la introspección y hasta con sentido social.

“En una noche de bohemia de estos muchachos se escuchaba el trabajo completo de la Narváez: Reencarnación, El malo o Sabiduría. Este último fue el tema que más me impactó, porque yo tenía dos o tres amigos más grandes, por ahí de trece años, que se sabían esa melodía de principio a fin. Ponían el casete por lado y lado, luego otra vez, vuelve y dele. Los veías tocando un trombón imaginario, con la pensadera, gozando solos. Y cuando tarareaban: ‘Yo tengo dieciséis y de la vida no me quejo, hay mucho que aprender’, entonces ahí empezabas vos a identificar la poesía de la salsa, en obras como El malo o La mafia. En esa época, nosotros vivíamos como jóvenes, tiempos buenos, pero no tan buenos para los adultos, porque rondaba la violencia del narcotráfico en Medellín. Además de las letras, oías la descarga contundente de esos trombones arrastrados, muy fuertes, y los comparabas con canciones como Calle luna, calle sol, de Willie Colón y Héctor Lavoe, que son de mucho antes, pero que aquí apenas estaban pegando, por la misma época en que la Narváez se oyó acá, en Latina Stereo”.

Lorena Cañaveral es profesora bilingüe, colecciona vinilos de los setenta y se inició en el culto de la Narváez desde niña, por influencia de un hermano mayor. Coincide con Helí Jones en que estas melodías propician el baile en solitario: “Uno disfruta más de la Narváez cuando baila sola. No quiere decir que uno no coja pareja, pero igual que la salsa brava es más rico y más libre lo que uno crea, si te mueves sola, como en un breakdance”. 

Lorena vivió trece años en Canadá y la manera de volver a su ciudad fue escuchando las canciones del álbum mítico, autografiado por la mayoría de los miembros originales, menos Tito Grau, que murió en la pandemia. Las ha escuchado durante buena parte de su vida: niña, soltera, viuda y casada. La Profe, como se le conoce en la secta salsera, aparece como una bella Tongolele que disfruta tanto en el goce sensorial de la Narváez como en pensar, como Pedro Salinas, en la razón de su amor. Tiene el tono para filosofar sobre el arraigo de los ocho pajaritos de Brooklyn en el valle de Aburrá.

“La Orquesta Narváez alcanzó en Medellín una relevancia que no tuvo en ningún otro lugar, ni siquiera en Nueva York, de donde eran sus músicos. Hoy entiendo por qué. Reincarnation parece un álbum escrito para la Medellín de ayer y titulado para la Medellín de hoy. Habla de la muerte en todas sus formas: la de la inocencia, la del amor, la de quienes caían en las calles. Sus canciones transmiten esa mezcla de alegría y peligrosidad que definía a la ciudad, mientras el título anuncia un renacer, un volver a empezar.

Tenía apenas diez años cuando descubrí a la Orquesta Narváez. Corrían los noventa, una época en la que Medellín todavía no era reguetonera; era una ciudad de salsa y de rock. Las neas y los intelectuales coincidían en el mismo punto: la música. Yo, una niña fascinada por los cuentos y las letras, escuchaba a mi hermano William, con sus quince años, cantarme las canciones de Narváez y explicármelas como si fueran fábulas. A él le agradezco haberme presentado al que hoy es mi grupo de salsa consentido.  

En los ochenta y noventa, Medellín fue salsa brava: una generación marcada por la guerra urbana, pero empeñada en no soltar la música ni la alegría. Éramos una ciudad apocalíptica pero melómana, peligrosa pero festiva; que bailaba salsa con la muerte respirándonos en la nuca. De esa Medellín herida surgió, después, una ciudad resiliente que supo reencarnar. Por eso no sorprende que la orquesta, tras más de treinta años de silencio, volviera a la vida justamente aquí, en la ciudad que más entendió su mensaje. Medellín es nea, alegre y resiliente, y esa esencia quedó atrapada en su salsa honesta y brava”.

Para Lorena el azar tiene sentido: así como la ciudad pudo remontar el infortunio de sus días oscuros, también la Narváez pudo renacer después del silencio de cuatro décadas con unos temas duros, de gueto neoyorquino, que tuvieron tanto eco entre los salseros de acera, como si acabaran de componerse para ellos.

“Hoy puedo decir que soy una de sus fans más fieles. Lloré de alegría cuando Berrío los trajo a la ciudad por primera vez y desde entonces no he fallado a ningún concierto. Crecí creyendo que los miembros originales habían muerto en un accidente, pues esa era la leyenda, y con el álbum 65 Infantería descubrí que nunca se habían ido. En vivo suenan poderosos: esos trombones imponentes y la voz de Vázquez, con su timbre nasal adolescente, conservan la fuerza con la que me enamoraron”.

 

La segunda reencarnación de la Narváez

Cuando el productor Edgar Berrío vio el nombre de Dewell Narváez en una red social pensó que se trataba de un hijo del líder de la orquesta, desaparecido, y le escribió. De vuelta el músico contestó que era el mismísimo Dewell, y que además sus compañeros de banda no estaban muertos, que aún daban guerra como él, exmilitar, en el ancho mundo de la música, solo que hacía la bicoca de cuarenta años que no tocaban juntos.

La propuesta del empresario fue: primero, que Dewell reuniera a la Narváez original; luego, que aceptaran venir a tocar a Medellín en la segunda versión de las Leyendas Vivas de la Salsa, en 2016; y tercero, que se oyeran idéntico a como sonaban en el disco imborrable, cuando los miembros tenían entre dieciséis y veinte años, en 1975, y los descubrió Richie Bonilla, cazatalentos, en Las Vegas Club, de Brooklyn, Nueva York.

Edgar Berrío, intérprete de las nostalgias del público, se hizo célebre por el empeño en traer al escenario músicos extraviados de todas partes menos de la memoria de sus oyentes. En un sótano, el Melodioso, como se le conoce, rodeado de fotos y fetiches de las estrellas afrocaribes, atesora sus caprichos, escucha a todo timbal los vinilos más preciados del museo personal de sus afectos.

Dewell, también llamado Duke, recuerda el reto: “Yo no sabía en qué lío me había metido con Edgar. Al final, cuando pude encontrar a Armando Vázquez en redes, pensé: si el cantante acepta, ¿tendrá aún la misma voz? Cuando los cantantes envejecen, hay que bajarles medio tono, como pasó con Frank Sinatra y Tony Bennett. Esa fue mi gran preocupación en esos cuatro meses.

Yo soy flaco ya, pero creo que perdí un par de libras también. Seguí amasando la arcilla, trabajando la situación. Tuve que traer a Johnny Carro, el pianista, de California a Nueva York para un ensayo. También a Mickey Morales, de Florida, mientras tanto llamé a otros. Si no encontraba al trombonista ese sería el primer golpe en contra. Pero hallé a Joe de Jesús porque en ese tiempo estaban tocando salsa romántica, y esto era otra cosa del todo distinta, con dos trombones. Gracias a Dios, Joe de Jesús afincó, es de esa escuela. Y luego se aparece Danny Quijano, el conguero, o sea que estábamos siete pajaritos de los ocho originales.

Armando cantaba, pero no de modo regular, en la iglesia y también boleros de Julio Jaramillo. Lo que hice fue contratar el mejor estudio de ensayo de Nueva York, con un moderno sistema de micrófonos, y programé de ocho a diez ensayos, uno por semana, para que la voz de él se fuera aclimatando: de un ensayo al otro se ponía más fuerte. No fue hasta el último ensayo, en Medellín, el día antes del concierto que por fin dije: ¡Este es! ¡Lo tengo! Por fin el sonido, y sentí una liberación. Pero al montarnos a la tarima, ni yo ni los fans sabíamos lo que iba a suceder. Cerré los ojos y me concentré, como si estuviera en los setenta. Pasó el concierto. Un músico, en verdad, no sabe nunca cómo le fue.

Cuando me trepé a la tarima esa noche de abril de 2016 sentí la fuerza de un espíritu. Siendo artista, soy bien sensitivo. A veces pienso que tengo un sexto sentido. Cuando toco y me meto en un sitio, ese sentido está presente: ‘Esto…, no me siento bien aquí’ o ‘me siento bien’. Esa noche se me metió como una onda del océano, una presencia sin explicación, de amor y de cariño de la gente de allí, porque en Medellín la salsa parece una religión”.

Orquesta Narváez en La Macarena, Medellín. 2016. Archivo personal.

Donde todo empezó

La leyenda Narváez nació en Bushwick, un vecindario al norte de Brooklyn. Allí llegó la familia de Dewell después de veintiún mudanzas, huyendo de un padre alcohólico veterano de la Segunda Guerra Mundial. A sus dieciséis años, con una guitarra española, unas maracas y un bongó armó una primera banda de rock, pero luego en la high school tuvo contacto con otros chamacos de su edad, ansiosos de hacer música, de oídas, más por la fiebre que por la instrucción, a la guataca, como se dice en el Caribe.

El vecindario de Bushwick era un sitio inseguro, donde sus amigos no se atrevían a andar solos por miedo a perder los tenis o la chaqueta. Le ocurrió dos veces que llegó a su piso y habían tumbado la puerta a patadas para robar el televisor. Su madre, él y su hermana debían dormir con ropa de calle porque en cualquier momento disparaban la alarma del bloque para llamar a los bomberos por una amenaza de incendio, a veces falsa, a veces real, porque las pandillas incendiaban edificios para cobrar el seguro. Por eso el estado de tensión de esos lugares era como el de un filme de Spike Lee y es el que se refleja, según Duke, en la música de la Narváez.

“Entonces ahí, a los trece, me metieron a la orquesta del colegio, la high school de Bushwick, me dejaron experimentar con todos los instrumentos, eran bien flexibles”, recuerda Dewell. “En maestro afroamericano, al que creo que le debo todo, me dejó ensayar. Toqué la flauta, la trompeta, la familia de los saxofones, desde el alto al tenor y al barítono, que era más pesado que yo, y no me gustaba nada, hasta que oí a Willie Colón, y entonces le pedí a Mr. Booth: el trombón es lo que falta, y él me dijo, está bien, mijo, aquí tienes uno. Y empecé a formar la orquesta, sin saber de trombón; tocaba la guitarra eléctrica, la misma que usaba para hacer rock, aunque ahora trataba de tocar montuno. Iba para catorce años cuando logré montar la orquesta.

Ahí escribí temas como La mafia, Obra del tiempo, y entonces ya quería de verdad aprender trombón. Y logré tocar como líder el trombón primero, con Ralphie Rodríguez de segundo. Había varios congueros, bongoseros, pianistas. Creo que eso fue la gracia de ese movimiento, que los muchachitos eran demasiado jóvenes, y la única forma de estudiar música era por las escuelas públicas, de ahí la combinación de influencias, en cuanto a los géneros americanos, el rock, el R&B, y el boogaloo”.

Duke Dewell podía distinguir cada sector de Nueva York por sus ritmos particulares, pero en Brooklyn corrían otros vientos. En sus calles se mezclaban músicas como en una coctelera. Al tiempo que se oía el jazz alucinante de John Coltrane y Charlie Parker, sonaba el lamento social de Joe Batam, el hip hop y los metales brillantes de The Hustler, de Willie Colón y Héctor Lavoe. Aquel sincretismo de sones afroamericanos y caribeños se filtró a sus canciones como aromas de vecindario.

“Fueron músicos de oído que no tenían esas reglas, ni se sabía que existían, porque era freestyle, y el público también, este lo que quería era bailar montuno. La gente esperaba música original, creo, y una banda joven no tocaba covers, no se sabía cuál de tantas iba a surgir”, sostiene Duke.

La noche de suerte tocaban en un antro llamado Las Vegas Club en la calle Broadway, de Brooklyn, cuando Riche Bonilla los escuchó. Atraído por el toque, le escribió una carta al productor Joe Cain, promotor de Ismael Rivera, los Palmieri, La Lupe y medio parnaso salsero. En breves días citó en su estudio a los ocho boricuas para grabar Reincarnation.

Como a poetas iluminados por la gracia en plena adolescencia, también la fortuna les hizo un guiño cuando pisaron el recinto donde sus ídolos dejaban surcos. El disco salió. Sabiduría estaba sonando en la radio. El teléfono repicaba para pedir más funciones. Y cuando parece que tocaban el cielo con el son, algo pasó. Dicen que la gloria es efímera, pero no tanto.

El propio Joe Cain llamó a Dewell para contarle que Tico Records, el sello productor, se había vendido a la Fania. Ahora era esa empresa la dueña de la Narváez. En reuniones con Jerry Masucci le propusieron a Duke tocar y componer para la disquera, pero no ya con su orquesta, y él sintió que si lo hacía traicionaba a su clan.

Esa tarde salió irritado de la oficina de Johnny Pacheco, quien declaró que no le gustaba su música. Y engavetaron a la Narváez como otros tantos grupos de sellos que Masucci compraba como negocio. El monopolio de la salsa según Narváez era el fondo oscuro que existía solo para hacer brillar a las estrellas de Fania. Y como dijo Hamlet antes de morir: “Lo demás es silencio”.

En el 2013, después de haberse jubilado de la Marina de los Estados Unidos y luego de hacer números con el trombón, Duke conoce a otros músicos, produce discos de hip hop. Picado aún por la evocación de su banda de salsa, reúne a otros músicos como José Mangual, Milton Cardona y les propone otra aventura. Aún tenía melodías en el cajón que no cabían en el LP de Joe Cain. Duke retoma el liderazgo para un segundo disco de la Narváez, 65 Infantería, acaso un tributo a su padre y a los soldados boricuas que lucharon en los frentes como soldados norteamericanos. El álbum sorprende con una alquimia musical, el mismo aire setentero de Brooklyn, la voz de Renzo Padilla, de Ray Bayona y el toque embrujado de la Narváez. Por algo sería que uno de los títulos, Bruja Mariqua, es un homenaje al patriarca del son montuno, Arsenio Rodríguez.

Desde su reencarnación en Medellín, la orquesta estuvo cuatro veces más y luego en otras ciudades. Los fans solo dirían, como Frankie Dante: “Donde quiera que tú vayas yo te seguiré”. Y si en el Brooklyn setentero siempre hubo una tropa de creyentes yendo de un antro a otro, en Colombia el rebaño no espera más señales que la fecha de un concierto. Harían lo que fuera por volver a oír el ensamble de trombones, piano y bongós, junto a los soneos nasales de Armando Vázquez, algunos inspirados en trabalenguas de la escuela, un timbre que tocó las fibras para unir, cuarenta años después, a los salseros de Medellín con los de Bushwick, Nueva York.

Video Edgar Berrío.