Hace una década la emisora Latina Stereo y Comfama abrieron un espacio para que la ciudad se encontrara en vivo con la salsa. Lo que en un principio se llamó Ponte en salsa en domingo se celebraba en el salón del claustro de San Ignacio en medio de sillas, escritorios y computadores. Después comenzó la remodelación del lugar y el baile y la charanga pasaron a adornar la plazoleta San Ignacio. En ese intermedio, el evento pasó a llamarse Ponte en salsa en familia. Finalizados los trabajos en el claustro, el encuentro regresó al patio salón, un espacio que ahora está dedicado exclusivamente a la cultura.
esta es una familia salsera
por Emmanuel Villa Zapata
Fotografías: Juan Fernando Ospina
Que salga la raza a flote,
y que demuestren su herencia…
Herencia rumbera, Roberto Roena.
Me pasó una noche y por eso puedo contarlo: conocí a un amor bailando salsa. Primero sonó la música, nos miramos y después bailamos, él por un lado y yo por el mío, sin tocarnos pero juntos. Aunque no parezca, la salsa es un baile de cuerpos solos, el ritmo es el que convoca. Antes de bailar salsa con otra persona, el cuerpo debe tener un primer encuentro a solas con la música. Digo cuerpo completo, de arriba abajo, no solo las orejas y los oídos, porque todo baile es una adaptación de la música al cuerpo.
Esa noche nos pasó lo que —después vine a notar— les pasa a todos los salseros: cuando comenzó a sonar esa canción de Tommy Olivencia, el ritmo entró en nuestros cuerpos, encontró su lugar y nos dio tremendo golpe que nos hizo mover las cabezas y las manos en un gesto simultáneo y hacia adentro. Justo después nos dimos las miradas. Cuando se conoce de antemano la canción de salsa, el golpe resuena como un eco; si la canción es nueva para los oídos, el sonido se escucha transparente. Los oídos salseros pueden ver transparencias. Me explico: la percusión en una canción puede ser contundente, pero su intención no es obvia, y menos si hay instrumentos más protagonistas; hay que verla a través de lo evidente. Y se tiene que ver para poder dibujarla con el cuerpo, es decir, para poder bailarla.
Por eso es que con mi amigo, el mismo de esa noche, decimos que a las personas se les nota en el cuerpo cuando son salseras, igual que a las señoras se les nota que van al casino o a los hombres se les nota que ven mucho porno. Es una costumbre que modifica el cuerpo, y aunque no soy científico me atrevería a decir que la mutación puede ser genética.
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Es domingo y son las dos y media de la tarde en Medellín. En una esquina de la plazoleta de San Ignacio hacen fila personas que acuden al llamado de la emisora Latina Stereo para escuchar dos horas de salsa en vivo; lo hacen cada semana si no pasa nada extraordinario. En la fila hay hijos con sus padres, parejas de esposos y viudas con sus nuevos amores; grupos grandes de amigos jóvenes y grupos pequeños de amigos adultos, casi siempre ebrios o con planes de estarlo. Cada domingo se escuchan las mismas preguntas en la fila: ¿hace cuánto no venías?, ¿es tu primera vez?, ¿usted sí viene seguido?, ¿quiénes tocan hoy?, ¿sí son buenos? Algunos se conocen, otros quieren conocerse, quizás nunca lleguen a ser amigos, pero cada semana se entienden en su pasión compartida: la salsa.
Supe de una familia que va cada vez que puede permitirse el lujo: solo gastan la plata de los pasajes porque no hay más. Aunque esa sea la razón por la que asisten, estoy seguro de que no es el motivo. En la ciudad hay más familias en la misma situación y no todas llegan los domingos hasta el claustro de Comfama. El motivo, pues, es que son una familia salsera, una de esas que me hacen pensar en el reajuste genético del que tengo sospechas.
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Es difícil despertarse un domingo y no sentir que es domingo. Si trabajas de lunes a viernes, o si trabajas los otros seis días de la semana, incluso si trabajas toda la semana, te despiertas un domingo y no escuchas en la calle el taconeo de las vecinas que salen a trabajar, ni las rutas de transporte escolar: la mañana del domingo es apacible. Esa sensación les recuerda a los hinchas que es día de fútbol y a los creyentes que es día de misa; es una invitación a usar el albedrío. El domingo es el día para uno (para cuidar la casa, el cuerpo, lo propio) y para cuidar de los suyos. El domingo, se ha dicho por años, es el día de la familia.
Vivo en una casa al norte del valle y ninguno de los radios que tengo sintoniza con claridad los 100.9 de la FM, Latina Stereo. Mi casa no es la única con ese problema, donde vive mi amigo pasa lo mismo, entonces la escuchamos por internet como tantos otros salseros de aquí y de allá.
Entre una y otra canción las voces familiares de los locutores anuncian que el domingo nos esperan en Ponte en salsa en familia, a las 3:00 p. m en el patio salón del claustro San Ignacio. Le escribo un mensaje a mi amigo diciéndole que me acompañe, no a bailar como en otras ocasiones, sino solamente a ver bailar.
Llegó el día. Es domingo y son las dos y media de la tarde en Medellín. La fila de la entrada dobla la esquina y caminamos hasta llegar a la última persona, un señor canoso y flaco que está haciéndole el consabido cuestionario a la joven que tiene al frente, Natalia, una paisa de treinta años, que responde que es su primera vez y que ha ido solamente a llevar a una amiga brasileña que llegó a la ciudad buscando fiesta. Después promete, sin haber entrado: “Yo voy a volver, sí. Una ni se entera de estos planes para los domingos. Voy a venir con mi mamá”.
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Las familias están conformadas por lazos de consanguinidad graduales según los parentescos. Soy familia de mi mamá y de mi primo, pero mi primo no lleva la sangre de ella ni yo la de su mamá, que es mi tía; pero él y yo y ellas llevamos la misma sangre, la de la abuela. También hay familias en las que se crían hijos de otros padres y todos los tratan como hermanos, los aman como hermanos. En otras, los sobrinos le dicen mamá a la tía o a la abuela, hermana a la prima, nieto al sobrino. La ciencia solo explica la parte lógica. La Abuela Salsera, por ejemplo, tiene nietos mayores que ella.
Cada domingo la Abuela Salsera recibe a su familia en el claustro Comfama como si se tratara de una de esas reuniones que eran tradición en las casas familiares, años ha. Ella llega al parque y en la fila la saludan los nuevos y los viejos, cuando entra la saludan los de la logística y mientras atraviesa el salón para llegar hasta la tarima señala animosamente con un abanico a sus amigos y saluda y saluda y saluda. Ni siquiera cuando la orquesta comienza el concierto deja de saludar: los músicos también la conocen. La veo a lo lejos, le hago un gesto con la cabeza y me saluda a mí también.
La orquesta comienza a tocar sin saludar. Lo primero que suena es una versión de Rumbón melón y en la pista se mueven los cuerpos: los que bailan, los que saludan, los que apenas se acomodan, los que van al baño a aliviarse, los que se toman un trago y esconden la botella porque no está permitido tomar. Todos saben que la mejor forma de atravesar una pista de baile es bailando.
Al terminar la primera canción, entre gritos y aplausos la orquesta nos saluda a todos y la Abuela Salsera me saluda a mí. Le han advertido que soy periodista. Me extiende el dorso de su mano derecha, hace una reverencia desde la cintura y me dice: “La Abuela Salsera, para servirle”, después suelta mi mano, me da dos palmadas en el cachete y me dice: “Bienvenido a la emisora, papito”. No han empezado a tocar la segunda canción y ella ya me contó que la han entrevistado mucho, que han hecho documentales sobre su historia. No me cabe duda, le digo, pero eso no me interesa porque yo vine fue a verla bailar.
Vuelve a sonar la música y la Abuela Salsera baila sola con más gente al lado de la tarima, donde se hacen más recurrentes. Tiene el pelo recogido en una cola de caballo trenzada que le llega hasta la nuca y que está rematada con un pedazo de tela blanca y azul que hace juego con su camisa. Es bajita, da pasos cortos y rítmicos, camina como si en el siguiente paso fuera a encontrarse la primera nota de una canción; cuando la encuentra, la pisa y empieza a girar sobre ella, se la pasa de un pie a otro y sigue el camino que le indica la canción: sube el sendero de los timbales, atraviesa el puente de las trompetas y baja por escaleras que marcan la clave, las veces necesarias hasta que termina la canción.
Empieza la tercera canción y me parece que la Abuela ha escuchado toda la salsa del mundo. Quizás de ahí viene su remoquete. Ninguna canción la coge desprevenida, todo lo que escucha hace eco en ella. No baila con pasos de academia, baila como los que aprendimos de ritmo y compás en los cumpleaños familiares y en las fiestas de calles cerradas de los diciembres, con mucha práctica y poca teoría. Sus pasos son precisos, atentos, variados, sin pretensiones. No quiere impresionar a nadie, le gusta lo que está haciendo y lo hace bien. Solo descansa en los intermedios cuando la orquesta presenta las canciones y agradece a la emisora la invitación. La Abuela no va a que la miren, sin embargo, en algún momento, todos lo hacemos.
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A Ponte en salsa en familia también van salseros que disfrutan que los vean bailar y hacen notar su baile. Me gustan, me parecen simpáticos, aunque pongan la cara seria como si no les importaran las miradas cuando es evidente que el resto de su cuerpo las demanda. No hablo de los showmen, que son profesionales, sino de gente amateur que busca la atención del voyeur. Por lo general bailan acompañados porque bailar solos, eso lo hace cualquiera. Para ellos es importante que los otros sepan de lo que son capaces: “Yo me muevo así y así, y soy capaz de hacer esto y lo otro”.
Las primeras veces que fui a bailar en San Ignacio alcahueteado por Latina Stereo había una pareja que se notaba que llevaban años bailando juntos. Bailaban en silencio, él con el ceño marcado, ella con la cara inexpresiva, pero no aburrida. Bailaban con unos pasos extraños que no eran de nivel profesional sino de aficionado avanzado; pasos practicados y repetidos hasta el punto que parecían bailar una coreografía mecánica que podían adaptar a cualquier canción. No era nada estrambótico, sin embargo daban la impresión de que era difícil seguirles el paso. Bailaban más con las rodillas que con cualquier otra parte de cuerpo, y hacían una marcación que, sin estar por fuera del ritmo, era deliberada, un acuerdo entre él y ella y nadie más. Después venía un paso que consistía en que él descargaba su peso hacia atrás y ella se tiraba hacia adelante en un pequeño salto que le permitía ser girada en el aire, un cuarto de vuelta, en la dirección que él prefiriera. Yo los veía bailar y no podía saber cuándo era la próxima marcación, lo que me hizo ver que aun en las coreografías más automatizadas importan las señales del cuerpo: un toque de manos, un leve apretón en la espalda o un círculo con la cadera más amplio que el anterior que le indique a ella que tiene el espacio para venirse arriba. Era algo sencillo, pero era solo de ellos dos. Fascinante.
Ahora en el patio salón del claustro acepto con tristeza que, ciertamente, esa forma de bailar era exclusiva de ellos dos. Desde uno de los balcones del claustro lo veo bailar a él —por primera vez para mis ojos— con otra mujer. Ahora baila diferente. Vuelvo a mirar: su pareja no era la pareja de siempre. A la de siempre, estoy seguro, ya la he visto esta misma tarde. La busco y la encuentro al otro lado de la pista bailando sola, tranquila. Vuelvo a mirarlo y entiendo eso de que la costumbre es más fuerte que el amor.
Acá no nos interesa lo que pasó con sus corazones sino lo que pasó con los cuerpos. Él todavía baila con precisión, pero se ve inseguro. No digo que baila mal, baila como si no conociera la canción, pero lo que en realidad no conoce es el otro cuerpo. Vuelvo al principio: la salsa es un baile de cuerpos solos; primero se encuentra la salsa con un cuerpo, después, y con mucha suerte, dos cuerpos pueden encontrarse en la salsa, pero nunca puede forzarse.
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Te están matando los años,
tu juventud ya pasó,
pero lo más que te duele
es haber perdido el último amor.
La soledad es mala consejera.
Canta conmigo y olvida tus penas.
— Soledad, Sonora Ponceña.
La soledad, si no se busca, llega a la fuerza. Siempre llega. Para una mujer que se casó en los setenta y tuvo hijos joven, los años de trabajo coincidieron con los mejores años para compartir en familia: el esposo amante entregado en alma y cuerpo al hogar, los hijos que crecían criados por otras; los logros y las decepciones que tocaba compartir desde una oficina porque había que comer. Los años pasaron y cuando por fin sobró tiempo para compartir, ellos ya no estaban. Los hijos se habían casado, el marido había muerto.
Es domingo y son las cinco de la tarde en Medellín, terminó el concierto y todos salimos a buscar aire fresco, algunos buscan más salsa. Me encuentro con G., otra salsera empedernida, y le pregunto cuándo puedo llamarla para conversar sobre Ponte en salsa. Me contesta: “Yo ando sin horario ni fecha en el calendario”, tal y como llega el amor.
Vi por primera vez a G. en Ponte en salsa en familia, pero la conocí hablando con ella varias noches en el Parque del Periodista. Es una señora que ha llevado bien el peso de los años y mantiene la espalda recta, camina con alegres pasos apuntando con sus pies hacia afuera. Mueve la cabeza al tiempo con la mirada, lo que le da la impresión de que es dueña de su cuerpo. G. pone límites físicos muy claros entre ella y las demás personas (lo puedo notar cuando saluda, cuando se despide), pero la música sí deja que la atraviese de forma que la hace sudar hasta que el abanico no da abasto; sus ojos se mantienen atentos al bailar propio y al bailar ajeno. No les acepta el baile a todos los pretendientes, y cuando accede, hace aparecer entre ella y el otro una frontera invisible, cordial y decidida. Sus pasos son estudiados, sabe dejarse llevar por la pareja que le indica una vuelta, una pausa, un cambio, pero solo pasa lo que ella permite que pase. Si no desea dar más vueltas, presiona suavemente con la mano en el hombro del otro y siguen el baile por otro camino.
Es muy diferente la G. que baila sola a la que baila en pareja: si sola, baila como una mujer jubilada, a la que no la esperan más responsabilidades; si acompañada, como una viuda que ya superó el duelo, pero respeta la memoria de su marido. Ningún otro hombre ocupa el lugar del difunto, ella así lo ha decidido.
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En este escrito se cumplió la profecía del Todopoderoso: “Los primeros serán los últimos”.
Cuando las puertas se abren para que entren los invitados a Ponte en salsa en familia, en un salón del segundo piso del claustro ya ha sonado salsa una hora y va a sonar otra hora más. En el centro de la sala hay varias mesas que juntas hacen una sola grande donde desde temprano hay vasos con colores, marcadores y pilas de hojas. Las hojas fueron diseñadas especialmente para los niños y los padres que hacen parte del Club Amiguitos de la Salsa, que dirige Sandra Cano, Yaré. En las páginas están plasmados los rostros de los cantantes y músicos más importantes de la historia de la salsa (que no siempre son los más famosos, aunque estos también están) y algunas de las portadas de sus discos más icónicos. La propuesta del club es simple: Yaré, de la mano de Latina Stereo y Comfama, abre un espacio para que los niños escuchen y conozcan la salsa.
Los adultos tenemos la ventaja de que en determinados momentos y con los estímulos adecuados podemos despertar sentimientos que tuvimos cuando éramos niños, adolescentes, jóvenes. Podemos invocar el pasado. Un niño no puede hacerlo: su presente es su futuro, y está tan volcado hacia él que olvida para siempre el vientre que fue su casa durante nueve meses. Cuando al niño le preguntan qué le gustaría ser cuando sea grande se imagina vidas adultas que supone posibles. La imaginación es el único limitante de sus ideas.
Yaré tiene la capacidad de ver la estructura de todo lo que se imagina y tiene la voluntad y la disciplina necesarias para seguir las instrucciones. Desde el comienzo supo que trabajar con niños iba a ser difícil, además nadie los tenía en cuenta para las programaciones culturales. Yaré quería hacer algo porque justo cuando era niña fue que se obsesionó con la salsa en general y con la Sonora Ponceña en particular. Quería que a otros niños les pasara lo mismo y entonces se lo imaginó.
Los resultados pueden verse en el claustro de Comfama cada domingo a las dos de la tarde, antes de Ponte en salsa en familia. En las mesas que tienen colores y marcadores y hojas se sientan la niña Yaré, los niños que ahora son padres y los niños-niños que sueñan con ser adultos. En tres años se han vuelto verdaderos amigos de la salsa: la conocen, la escuchan y la cuidan. Conocen, escuchan y cuidan también a los artistas que vienen a visitarlos de diferentes países, y a los que les mandan saludos en videos, prometen venir y les dicen que ver niños tan amigados con la salsa los reconforta.
Si Yaré y el Club Amiguitos de la Salsa siguen por el buen camino, se va a cumplir la segunda parte de la promesa del Todopoderoso: “Los últimos serán los primeros”, de modo que los niños que hoy cierran este texto, mañana abrirán la fiesta.
Ponte en Salsa en el Claustro Comfama:
Ponte en Salsa cuando se hacía en la Plazuela San Ignacio. Fotografías: Sergio González.