Un bazuco lleno de surcos
por Don Alirio (o Carlos Mario Mojica)
La música puede ser una vocación, una pasión o en casos como el mío, una devoción.
Fue en 1981, finalizando el quinto año de bachillerato en el colegio Comfamiliar Andi-Fenalco de Barranquilla, cuando escuché por primera vez a un conductor de radio con voz de Topo Gigio llamado Juan Carlos ‘Boogie’. El hombre tenía el espacio de una hora en Universal Stereo, en el AM, en el que compartía cientos de temas de new wave, rock clásico, funk, disco y un sinfín de géneros modernos que acababan de llegar a los terminales marítimos de la costa Atlántica en barcos cargueros. Al lado de ese dial, casi a la misma hora, otro conductor de radio al que apodaban ‘El Chino’ Higuera informaba a los radioescuchas de los barrios populares de la ciudad cuál era el cronograma verbenero para el fin de semana y cuáles eran los discos antillanos, africanos, árabes y salseros que acababan de desembarcar. En esa época era prácticamente imposible que cualquiera de esas piezas musicales cayera en mis manos. Llegaban una o dos copias del mismo álbum y casi siempre las adquirían quienes tenían el dinero suficiente para comprarlas, es decir, los mismos cuatro caballeros que de una u otra forma se encargaron de escribir la historia del coleccionismo musical en el Caribe colombiano. Fue entonces cuando empecé a ver los discos de vinilo con el agravante que supone tener un amor platónico. Mi obsesión por adquirir joyas me hacía perder la noción del tiempo y el espacio. Fueron años haciendo mi recorrido diario hacia el colegio a pie, sin comer ni tomar nada en los recreos solo por comprar cada fin de semana un disco. Mi primera compra fue Comedia, de Héctor Lavoe, un álbum del 78 prensado por Fania Records con una portada creada por Izzy Sanabria e inspirada en la tragicómica vida del rey de la puntualidad. El disco incluía un tema que abría la cara A llamado El cantante, convertida más adelante en un pequeño fetiche que acompañó muchos momentos de borrachera y baile. Lo adquirí en una pequeña disquera del centro de la arenosa llamada África 2000, donde vendían zapatos y vinilos, y era atendida por un carismático señor que desbordaba tumbao y saludaba con la pregunta “¿Te gusta la salsa, viejo men?, entonces te vendo un par de mocasines blancos para que tires paso en El Bulerías, El Taboga o en La 100, tres templos salseros construidos en las esquinas más populares de Barranquilla.
En el 83, en pleno Carnaval de Barranquilla, muy cerca de la casa de mis padres hacían una verbena llamada “Alibabá y los cuarenta borrachos”, la alianza incendiaria entre sabor y vanguardia. Ese día el baile era amenizado por El Solista, uno de los picós en los que sonaban las propuestas musicales más novedosas e interesantes de aquí y de allá. La oda a la fiesta sin fin que inauguró la noche fue un tema fulminante y sabrosón que remodeló por completo las reglas del vacile. Bajo el influjo de semejante melodía, me acerqué donde su picotero estrella, Luciano Barraza Salcedo, y le pregunté el nombre de esa maravilla; me respondió airoso que se llamaba Guanábana pa tu casa pero no sabía quién la interpretaba. Era un disco de siete pulgadas de 45 revoluciones por minuto sin ningún tipo de sello con el único propósito de que nadie supiera su nombre original por razones de exclusividad. Lo acababa de traer el señor Osman Torregrosa de los Estados Unidos y lo encasillaron dentro de un género denominado por los coleccionistas de esa época como “Música Travolta” debido a que en 1977 se estrenó en Colombia la película Fiebre del sábado por la noche y según ellos toda la música que no fuera latina ni afroantillana, era “travolta”.
A pesar de mi juventud, me fui adentrando en ese cautivador mundo. Tuve la fortuna de acceder a aquel territorio de extendida capacidad rítmica y darme cuenta de que esa canción que redefinió por completo la ética y la estética del coleccionismo picotero era nada más y nada menos que Another one bites the dust, de Queen, single lanzado por EMI y Elektra en 1980. La rebautización de los nombres de muchos discos era el pan de cada día, todo un derroche de innovación y creatividad, un exuberante ejercicio de fabulación a partir de ese imaginario y egocéntrico universo.
Los años fueron pasando y cada vez aparecían más y más perlas finas, joyas atemporales que anhelaba ver girando en mi primer tocadiscos, un Sony nada pretencioso que inevitablemente provocaba encender a diario con el único propósito de perderme entre estribillos inmortales y un magnífico registro vocal que decía: “vámonos pal monte, pal monte pa guarachar / vámonos pal monte, quel monte me gusta más”. El candor de muchas voces, la amplitud sonora de las percusiones, las descargas de flautas y el despliegue de bembé, me arrastraban a un abismo de sabrosura interminable. Quería tenerlo todo, comprarlo todo, era esa la prioridad.
En 1995 fui a mi primer encuentro de coleccionistas de salsa y música afroantillana en un establecimiento al sur de Barranquilla llamado Salsa estrella. El dueño era un tipo bastante popular llamado Nelson Fontalbo cuya colección de acetatos se aproximaba a los treinta mil. Las horas pasaban y empezaban a llegar los competidores, cuarenta en total. Cada uno de ellos con pocos vinilos bajo el brazo (no hacía falta llevar más, eran perlas exclusivas), cubiertos de papel periódico o envueltos en bolsas negras para la basura. El espacio de tensión era visceral pero desbordado de orgullo. Cuarenta tipos demostrando poderío y sensibilidad al mismo tiempo. Me pregunté cuál sería el propósito de llevar cada disco escondido, ¿será que no soy digno de ver semejante objeto musical? La respuesta era sencilla, ninguno quería mostrar lo que iba a sonar para evitar que quien estuviera antes “quemara” o programara primero el mismo tema. Cuando le llegó el turno a Nelson, recorrió el lugar con un vinilo bajo el brazo sin esconderlo, él sabía que no era necesario, al país habían llegado solo dos copias y ambas le pertenecían. Era un boogaloo precioso del 67 llamado “Tu eres mi vida”, venía incluido en el álbum The explosive side of Joe Panamá, y que al final de la competencia resultó ganador. Fue ahí, en ese momento, cuando supe que no todo lo podías comprar con MasterCard.
Para el nuevo milenio, la llegada de discos exclusivos a este terruño tropical era casi imposible, un lujo que pocos se podían dar. En mi segundo encuentro nacional de coleccionistas hubo participantes de todas partes, todos cargados con piezas cuyo único objetivo en el mundo era pasar desapercibidas por el radar del oyente promedio. El campeón del evento fue el señor Edwin Madera, quien ganó con una canción de salsa africana llamada Eres la que quiero, de José Missamou. El hombre siempre compraba dos copias de todo por una razón muy sencilla: quedarse con alguna de ellas en caso de cualquier pérdida. Ese mismo año, una de las bodegas que le pertenecía se incendió y gran parte de sus tesoros desapareció. Tenía toda la razón.
Corría el 2007 y yo acababa de llegar a Medellín, la ciudad donde Discos Fuentes se posicionó como alternativa a la dominación musical anglosajona, la cumbre del sonido tropical. Me dejé envolver por el magnetismo de una emisora independiente cargada de ese sonido fiero que transmitía con propiedad la magia rítmica borinqueña, el vacile vanguardista del boogaloo o el apabullante sabor de una descarga: Latina Stereo, mi motivante para un nuevo ciclo de búsquedas, el punto de encuentro digital de cientos de coleccionistas y melómanos con un espíritu sonoro común: la salsa.
Mi situación emocional con los acetatos llegó a un nivel que muchos podrían considerar absurdo; la calle y las fiestas desaparecieron por completo de mi vida, eran obstáculos que se atravesaban económicamente en cualquier compra, ir a un evento significaba dejar de adquirir muchos discos. En este momento, y con absoluta franqueza, los únicos lugares que anhelo visitar en cada ciudad a la que voy son sus tiendas sonoras, sus bodegas musicales… entre más grandes, mejor. Si me llegaran a preguntar qué es lo que más adoro de Medellín, diría sin ningún tipo de vergüenza: Musicales La Bastilla, el Hit Musical y la enorme bodega de don Gilberto Giraldo, ‘El Mocho’, un paraíso terrenal invadido de polvo, libros y pastas, una pradera urbana en ruinas con más de doscientos mil discos, una galaxia alternativa sin itinerario de salida y repleta de obras imperecederas y emblemáticas.
En el año 2012, haciendo mi cotidiano safari musical, en busca del oro negro, de esas gemas que yacen perdidas en los rincones más olvidados de las tiendas de música en Medellín, me encontré cara a cara con esa maravilla memorable prensada por Decca, esa hermosura campeona del 67 que enamoró mis oídos en mi primer encuentro de coleccionistas. Diecisiete años después y de la misma forma que Florentino Ariza le juró amor eterno a Fermina Daza, mi conexión emocional estaba intacta, pulvericé toda presuposición sobre lo inalcanzable y pude confirmar que en un mundo imperfecto siempre cabrán los discos perfectos.