EL DÍA DE MI SUERTE

por Gilmer Mesa

Ilustraciones: Señor ok

Su nombre verdadero nunca lo supe, porque como me dijo la única noche en que hablamos mientras nos bajábamos tres medias de ron, su verdadero nacimiento y con este su real bautizo fue la tarde de diciembre de 1986 cuando escuchó por primera vez en la emisora dedicada exclusivamente al género salsa, Latina Stereo, la voz de Héctor Juan Pérez Martínez, alias Héctor Lavoe, o ‘la Voz’, como le gustaba a él decirle, cantando la canción Soy vagabundo. Su vida antes de ese momento era simple y buena, vivía para parchar, que es la manera como le decimos en los barrios populares a no hacer nada, al menos nada productivo según los estándares del mercado, porque Héctor sí que hacía, se levantaba temprano y se daba un baño tibio que alargaba hasta dos horas en las que se acicalaba puntillosamente con tónico capilar de romero para mantener el cabello sedoso, pomada Peña para evitar arrugas y aclarar la piel de la cara y luego se aplicaba a un afeitado quirúrgico dejándose un bigote pulido como el de Pedro Infante en la película Escuela de Vagabundos que había visto en el Teatro Palermo cuando era niño, y aunque no recordaba la trama ni de qué iba la película sí conservó en la memoria la estampa del ídolo mexicano y en cuanto le salieron pelos sobre la boca la reprodujo; se hisopaba perfume Agua Brava entre semana o Lapidus los sábados y domingos cuando acudía a alguno de los bailaderos del barrio en donde ponían la música tropical de moda que había aprendido a bailar desde niño cuando la mamá de una vecina los agarró a él y a sus amigos y les enseñó los movimientos básicos de porros y cumbias mientras les repetía una máxima que a Héctor se le quedó clavada como sentencia recia de por vida, “aprendan a apretar rico, que el hombre que no amaciza bueno no levanta hembra”. Héctor asimiló el estilo a la perfección, una mezcla de exquisitez y soltura, imprimiendo fuerza y autoridad en las vueltas, adobado con un catálogo de piruetas apropiadas en diversas pistas de los distintos sitios que frecuentaba, convirtiéndose con el tiempo en un eximio y apetecido bailarín, que rompía corazones y agitaba caderas en donde llegaba, era lo que se conocía en el barrio como un camaján, un tipo que vivía para disfrutar la vida. En semana como los bailaderos estaban cerrados se la pasaba con sus amigos, tipos igual de puestos y vagos que él, en las cantinas de tango bebiendo con moderación y degustando las melodías y letras de esas canciones tristes y hondas que lograron instalarle una imagen y una conducta prolíficas y cuidadas de lo que era la hombría: ser recio pero romántico, fuerte pero afectado, brusco pero elegante y sobre todo serio pero formal, una suerte de Gardel de barriada, Rodolfo Valentino arrabalero y melancólico que cuando aterrizaba en los bailongos el fin de semana se transformaba en un malabarista de las pistas, entrador, fiestero y perpetuamente engominado para jamás perder su apostura ni descomponer su peinado, en ambos estados defendía una ética aprendida en horas y horas de escucha devota de música que tallaron a fuego en el espíritu unos principios inquebrantables, del tango aprendió que no hay pecado mayor que la felonía y que aun ad portas de la muerte la palabra se mantiene y que la amistad es un amor más serio que el amor y que cuesta conseguirla pero mucho más mantenerla, de los boleros asimiló que la congoja es lo que convalida el afecto y que no hay solidaridad más grande que la del sufrimiento acompañado, y de la música tropical, que el alcohol asiste mejor las penas que las lágrimas y que la ingratitud es un mal soberano y se castiga con el desprecio. Así se le iba la vida practicando lo aprendido en sus comportamientos de la vida cotidiana y esquivando con pericia maestra cualquier ocupación productiva; mientras la mayoría de sus vecinos y contemporáneos sudaban el jornal en alguna fábrica o apresaban algún cargo temporal en el gobierno de turno, él y su gallada repelían el trabajo como a una peste, casi todos vivían de lo que sableaban a sus padres, viejos jubilados o trabajadores sempiternos, o con sus esposas, mujeres sumisas ocupadas de cocineras o maquinistas de plana o fileteadora en alguna de las muchas empresas domésticas de textiles que abundaban en el barrio devenido en maquila improvisada, a quienes rapaban el jornal y eran las que surtían de pintas a sus esposos camajanes y sus amigos. Héctor también consideraba deshonroso trabajar con un horario fijo o en una oficina, pero a diferencia de sus contertulios no tenía unos padres jubilados ni mujer alguna dispuesta a mantenerlo por lo que había decidido hacer unos pocos turnos en el taxi propiedad de su padre y la fuente única de ingresos de su familia, un Dodge Dart entrado en años con el que su padre los había levantado a él y sus dos hermanas que después de casarse abandonaron el hogar paterno, como en su casa el dinero a duras penas alcanzaba para llegar a fin de mes “orinando sangre”, escurriendo el esmirriado sueldo, Héctor egresado de la adolescencia se le adosó a su padre para que le enseñara a manejar, pensando que al estar trepado en un carro sus posibilidades de conquista aumentarían igual que su reputación, aunque destartalado, un carro era un plus llamativo en un barrio en donde escaseaban los propietarios de lo que fuera, así fuera uno de servicio público, conducir coincidió con el descubrimiento de la camajanería y como le gusto más lo segundo que lo primero afrontó el taxi únicamente como la manera de agenciarse unos pesos sin levantar sospechas en su gallada, porque utilizaba el tiempo muerto de la tarde mientras sus colegas se tomaban nutridas siestas, él trasegaba las calles de Medellín cargando gente y escuchando música en el pasacintas que su padre había instalado en el carro para escuchar las noticias y que siempre dejaba descuadrado porque apenas se montaba pasaba el radio al FM y buscaba una emisora de música tropical, fue así como un día por azar detuvo el dial en los 100.9 y escuchó la voz que cambiaría su vida para siempre, esas “caimaniadas”, como le decían a manejar un carro de vez en cuando para reemplazar turnos, las sentía como un pasatiempo, nunca como un trabajo pues aceptarlo como tal en su gremio equivalía a abdicar, además le servía para vivir caleto, con pesos suficientes para mantener su estilo de vida en una época en la que ser taxista rendía sus frutos porque aunque pagar una carrera en taxi era un lujo que los pobres casi nunca podíamos permitirnos había ocasiones apremiantes como una enfermedad o un apuro que la obligaban y como no habían tantos carros, con trabajar tres o cuatro horas diarias se lograba un buen ingreso para mantener su pinta impecable, gastar guaro en las cantinas, brindar con brandy Domec en los bailaderos de los fines de semana y fumar Lucky cinco letras que los camajanes llamaban así porque al respaldo del fondo de la cajetilla asomaban las iniciales L.S.M.F.T. Sigla de Lucky Strike Means Fine Tobacco, que traduce Lucky Strike significa tabaco fino, pero que ellos decían que indican Los Señores Mariguaneros Fumamos de Todo. Era una vida iterativa y anodina pero muelle, hasta la tarde en que esperaba por una carrera en el acopio del parque de Aranjuez al asentar el dial del pasacintas en los 100.9 del FM. Escuchó la voz que le trastornó el ánima cantando “vagabundeando voy, soy vagabundo, por no encontrar en este mundo, dónde poder pasar horas felices, dónde poder echar hondas raíces, dónde fructificar cual árbol nuevo la savia musical que adentro…”, una sensación de contento se le instaló en el cuerpo con esa voz medio nasal que sintió que le llenaba un montón de vacíos que no sabía que tenía, fue como si esa voz lo arropara con una manta con la que sabía que nunca iba a volver a sentir frío, se apreció protegido y poderoso con solo escucharla, como si al oírla nada malo pudiera pasarle, fue tal su conmoción que tuvo que salir del carro y caminar hasta la esquina mientras se fumaba un cigarrillo, nunca había sentido algo similar, necesitaba volver a escuchar esa canción a como diera lugar, intranquilo por averiguar a quien pertenecía esa voz que parecía hecha solo para cantarle a él, recorrió los taxis que había adelante del suyo preguntándoles a los choferes si conocían una canción así y asá y les cantaba el pedacito que recordaba pero nadie reconocía el tema, además que la emisora que Héctor sintonizó apenas estaba instalando en los muchachos el gusto por un nuevo género musical denominado salsa. Desesperado por su incomprensión se montó al carro sin esperar carrera y fue en procura de sus amigos, los despertó o los sacó del descanso de sus nadas para cantarles el pedazo de la tonada pero ninguno atinó, jamás habían escuchado una canción con esa letra, irritado e impotente no encontró otra opción que escuchar todo el día la emisora de marras a ver si la escuchaba de nuevo, le dieron las diez de la noche oyendo música pero nunca volvió a sonar esa voz magnética, sin embargo descubrió que los temas que ponían le gustaban y que ese ritmo que anunciaban era todo un mundo genial, conoció el nombre de la emisora y su eslogan Latina Stereo “El sonido de las palmeras”; con esta información buscó en las páginas amarillas del directorio telefónico el número y llamó muchas veces hasta que pasada más de una hora de espera con el tubo catódico pegado a la oreja le contestó una voz masculina que se identificó como Jairo Luis García, a quien casi suplicando le explicó su necesidad de saber quién era el cantante de una canción que decía… Y le cantó el pedazo que no se había podido sacar de la cabeza, el locutor perito en el género, entre risas por el desafine del oyente, dio con el tema, le dijo que se trataba de la canción Soy vagabundo de Héctor Lavoe y que por haber llamado se la iba a poner, Héctor colgó el teléfono y se abalanzó sobre la grabadora de la sala donde había estado escuchando música y sin reparar en nada tomó el primer casete de la repisa contigua y lo metió en la casetera al tiempo que oprimía conjuntamente los dos botones de Play y Rec que permitían grabar lo que estuviera sonando, al instante empezaron las notas del tema en cuestión y pudo grabarlo enterito, fue la primera noche desde su adolescencia en que faltó a su cita ineludible con sus amigos en las cantinas de tango por quedarse primero oyendo la emisora y luego de grabar el tema escuchando esa canción una y otra vez hasta que no solo se la aprendió sino que cansó tanto a sus padres con la repetición incesante del tema que le desconectaron la grabadora a las dos y media de la mañana y la metieron bajo llave, no le importó porque había escuchado tantas veces la canción que la tenía incorporada en su interior al igual que una felicidad inédita con la que se durmió sonriendo, al otro día se llevó el casete para su turno en el taxi y no paró de escucharlo en toda la jornada, por la noche se fue para las cantinas a encontrarse con sus amigos pero llegó con una necesidad distinta y un gusto nuevo que les trasmitió a sus colegas con tanto entusiasmo que rápidamente les contagió el deseo de conocer a ese cantante, lo que los condujo a la calle Palacé, avenida céntrica en donde se apostaron los mejores bares que curtían salsa, llegó con el Negro y Nando a un local llamado el Aristi, un sitio oscuro, feraz, en donde apenas traspasada la puerta sintió el abrigo que había sentido con la voz de Héctor, la música sonaba clarífica y potente, muy distinta de los gangosos parlantes de las cantinas y los brillosos chillidos de los bailaderos, la gente se notaba a gusto en el lugar y Héctor y sus amigos se sintieron acogidos de inmediato, después de ordenar tres cervezas le preguntaron al sonriente barman por el tema de Héctor Lavoe y este los remitió con el diyey quien les dijo que por supuesto conocía el tema y al cantante y como los vio sonreídos y contentos les enseñó la caratula del Long Play mientras puso a rodar el vinilo, sus amigos quedaron alelados con las notas, el timbre vocal y la letra de la canción pero Héctor se transportó a otro mundo cuando contempló por primera vez en su vida la cara de quien sería su ídolo máximo y mientras leía el nombre de aquel intérprete en esa portada supo que de ahí en adelante se llamaría así y que consagraría su existencia a ese género musical y a ese cantante que esa misma noche se enteraría apodaban “El cantante de los cantantes”. Observó por mucho rato la carátula en la que solo se intuía su pinta pues en la fotografía de Que sentimiento!, como se llamaba el álbum, aparecía una imagen de Héctor Lavoe de medio cuerpo, su rostro con sus distintivas gafas, la camisa y las cadenas de oro, pero bastó para que implementara en la mente del recién bautizado Héctor la necesidad de emularlo en todo empezando por su nombre, delató con tal ahínco su entusiasmo que el diyey se animó a mostrarle otros elepés del sonero de Ponce en donde se apreciaba mejor su figura, le mostró La Voz con su perfil sonreído, y que fue el álbum de su debut como solista, luego pasó a los más antiguos, le mostró Crime pays donde aparecía con el infaltable Willie Colón de esos años y pudo conocer a su ídolo joven y con una pinta de gánster que afianzó con Guisando donde salía con bombín contando un manojo de dólares; con cada álbum le relataba su historia, en qué año fue grabado, con qué orquesta y en qué condiciones, el camaján estaba encantado, era una aspiradora del conocimiento salsero que el otro generosamente le iba prodigando, escuchó por primera vez en su vida nombres importantes en la vida de Lavoe como Markolino Dimond y José Mangual Jr., pero era sobre todo la pinta lo que llamaba su atención, esa desenvoltura en los gestos y el estilo de vestir recargado y vistoso, que logró dilucidar en uno de sus últimos trabajos discográficos llamado Reventó en el que brotaba de un huevo con un traje blanco y corbata amarilla, a pesar de que era una ilustración, nuestro Héctor barrial entendió el estilo, estaba complacido con todo lo que veía y escuchaba, pero fue cuando observó la caratula del disco De ti depende, el segundo álbum solista de Lavoe, donde aparece luciendo su enfático anillo de oro con su nombre modelado en letra cursiva, cuando el antiguo bailarín tropical dio un vuelco total hacia otra realidad que corría paralela a la suya en donde no quería imitar al cantante sino convertirse en él, y ese anillo sería la guinda que lo convalidaría en su propósito, seguro de que a eso había venido al mundo, que esa era su misión en la vida, esa noche le gastó a sus amigos dos botellas de guaro que consumieron de pie en la barra del Aristi, que por ser noche de miércoles andaba a media máquina e invitaron al diyei a compartir la tomatina para que sonara todos los temas de Lavoe que quisiera, empezando por supuesto con Soy vagabundo que traquearon siete veces en la noche, fue una cata musical poderosa que los neófitos lavoeistas fueron deglutiendo como verificadores bisoños pero ávidos de un nuevo sonido que inundaría sus vidas para siempre, además del alucine por la voz del cantante de los cantantes, pudieron contemplar a los habituales bailarines que sin importar el día de la semana asomaban por Palacé para demostrar su destreza en las pistas y comprendieron que la salsa estaba en los pies de esos eximios danzantes y que a diferencia de los bailaderos en que era necesario esperar el fin de semana para bailar, momento en que las mujeres salían de sus casas, en los salseaderos el bailoteo no era exclusivo de parejas, también se podía bailar en solitario, porque la fuerza estaba en la destreza de las cabriolas y el dominio de los movimientos. Desde esa noche su vida y la de sus amigos fue procurar volverse salseros de ley como se llamaban entre sí quienes entregaban su vida a esos compases impetuosos y suaves a la vez, en ese género encontraron el realismo feroz de las letras de tango mixturado con la hondura de los boleros y la festividad trepidante y violenta de las músicas tropicales. Al terminar la última media y ya sin plata en los bolsillos se devolvieron para el barrio con el milagro adentro, iban sonrientes y como levitando, recordaba cada uno por su lado lo que más le había gustado de esa música y esos sitios, juntando soledades contentas que es la forma más delicada y bella de la amistad, desde ese momento la salsa ocuparía cada segundo de sus vidas, sobre todo la de Héctor que apenas se despertó se fue directo en busca de la grabadora que logró rescatar del retiro atávico impuesto por sus padres para instalar a perpetuidad el dial en los 100.9 FM y después de escuchar tres canciones del programa de la mañana se fue a revisar su clóset para juntar de entre sus ropas las que más se ajustaban a la pinta de las carátulas de su paradigma, encontrando muy pocas prendas dignas pensó y puso en práctica desde ese mismo día, extender una hora más de trabajo en el taxi para conseguir perchas apropiadas, sin embargo había algo que costaba más de una hora diaria de adición al jornal: el anillo que portaba el cantante en la portada del álbum De ti depende y que tenía fijado en su cabeza, pensó que era ineluctable conseguirlo pero que tendría que esperar, por el momento era imperioso verse distinto por lo que después de bañarse y acicalarse, como un verdugo en un día laboral tomó la máquina de afeitar y sin contemplación alguna se mutiló el fino bigote de un tajo, no quiso mirarse mucho al espejo, se vistió de afán y fue directo a la peluquería del barrio donde le explicó a su peluquero de toda la vida el nuevo look que quería con tan buena suerte que el estilista era salsero y conocía a Héctor Lavoe e hizo un trabajo de orfebrería que con ayuda de la brillantina Moroline dejó a nuestro Héctor próximo a quien quería emular, el camaján finalmente se contempló al espejo agradecido pues lucía similar a la imagen de la primera carátula que había contemplado en el bar pero le faltaba algo importantísimo para verse idéntico y recordó unas antiparras antiguas similares a las del cantante, que su abuelo tenía, rebujó cajones en busca de las gafas hasta que su mamá lo increpó diciéndole que dejara de joder, que las gafas estaban en el viejo baúl, las encontró empañadas del aserrín del tiempo, tosiendo polvos viejos se las calzó y se aventó a enfrentar de nuevo al espejo en donde su imagen distorsionada por el polvero y el aumento de los lentes le gustó, lucía semejante a la imagen del cantante puertorriqueño. Con su nueva pinta y la confianza que esta le daba se fue a trabajar pero para un oficio de sutilezas como el suyo las gafas viejamente nuevas eran un problema, las guardó en la guantera y sintonizó Latina esperando que en algún momento sonara una canción de Héctor, lo que ocurrió a las 5:43 minutos cuando pasaron La fama y luego Hacha y machete en un fragmento de la programación llamado “Dos con el mismo sabor” en que dejaban sonar de corrido dos temas de un mismo artista, escuchar el segundo tema fue recordar lo que se le estaba convirtiendo en una obsesión: el anillo con su nombre de la carátula del álbum que contenía esa canción, y decidió que así tuviera que dobletearse en los turnos, era imperioso conseguirlo, con ese ánimo trabajó hasta las siete y media de la noche, sin percibir un crecimiento ostensible en su jornal, entregó el taxi a su padre y se fue a la esquina pero antes se encajó de nuevo las gafas polarizadas de rayones y vejez, cuando sus amigos lo vieron llegar lo miraron raro por su pinta y entre risas dijeron a manera de burla, Uy marica, llegó Héctor Lavoe, y estalló una carcajada generalizada, pero él en vez de amilanarse con el remoquete sintió que un viento fresco lo bañaba de arriba abajo con su apodo, donde los otros vieron una parodia, él percibió que el mote le hacía justicia y sintió un renacer, desde ese día, me dijo la noche en que nos tomamos los rones, empezó su vida de verdad, la vida del Héctor Lavoe de Aranjuez. Después de esforzarse al máximo trabajando hasta las nueve o diez de la noche y de abandonar casi por completo a sus amigos por estar voleando cabrilla, a los tres meses de ahorro porfiado, de archivar hasta la última moneda, de suspender sus parrandas y escatimar sus bebetas, se dio cuenta de que no le alcanzaba ni para una joya de bisutería, que a ese golpe tendría que trabajar dos años seguidos para ahorrar lo que costaba un anillo como el de Lavoe, con la desilusión a flor de piel se fue a Palacé en donde supo sobrellevar su frustración aprendiéndose de memoria todas y cada una de las canciones del Jíbaro de Ponce, si no podía tener su anillo al menos conseguiría la mayor erudición sobre su obra y persona, birló de sus rigurosos ahorros destinados a la consecución de la joya lo que valía una caja de casetes TDK de 90 minutos y pagó a los pinchadiscos de los bares del centro para que le grabaran los álbumes completos de la Voz, como le empezó a decir, y llenó sus días con su música, lo escuchaba obsesivamente, en su casa, en los turnos del taxi y era lo que solicitaba siempre en los bares, hasta que sus amigos y los concurrentes a los salseaderos se cansaron de su monomanía y empezaron a sacarle el cuerpo, pues si bien todos era salseros de raza, Héctor era Lavoeista, y percibió el rechazo como un llamado a ensimismarse en su nueva personalidad, por lo que decidió alejarse de sus amigos que veían en su nueva forma de ser una locura y aumentó el tiempo de trabajo, cogiendo el carro desde las diez de la mañana con los ojos puestos en la joya que consideraba era lo único que le faltaba para ser la personificación paisa del ídolo puertorriqueño. De momento su transformación lo complacía, al mirarse en el retrovisor se sentía mejor consigo mismo, la imagen que le devolvía el espejo lo reconciliaba con una vida plagada de deseos incumplidos y promesas de venturas que no llegaban, en poco tiempo se aprendió todas las canciones del Rey de la puntualidad, como lo bautizó Pacheco, por lo que volvió a sintonizar Latina Stereo en las luengas horas de espera por carrera en los acopios y si bien le gustaban temas de Maelo Rivera, de los Harlow, de Monguito el Único y del Conde su amor en definitiva era Lavoe, cada que sonaba un tema suyo se le dibujaba una sonrisa que quería salírsele de la cara y no podía hacer nada distinto a escucharla con devoción de creyente mientras componía los guiños y ademanes que le había visto a su ídolo en los afiches de los bares y en las fotos de las carátulas, además acomodó un acento particular cuidando de aligerar las erres y cortar las palabras como había escuchado que entonaba el cantante, hasta hacerse una copia perfecta de él, pero como toda réplica, aunque él se veía perfecto y su imagen aumentaba su autoestima para la gente, solo era un calco mal hecho, que daba la idea del genuino pero era tan esmerado su esfuerzo por parecerse al original que terminaba desdibujándose el parecido y solo quedaba una sombra borrosa como el pensamiento de un borracho que resultaba más patético que exultante, además a quien había decidido emular era tan inimitable que cualquier intento por parecérsele terminaba irremediablemente en una burda pantomima más cercana al ridículo que al homenaje, y porque lo que hizo grande a Lavoe fue su manera única de enfrentar la música, que cantaba como si la llevara adentro desde siempre, y no su estampa, y nuestro Héctor no solo no sabía cantar sino que para colmo tenía una voz raquítica y chillona que molestaba incluso al hablar. Pero la vida a veces premia a los empecinados con un premio menor, para que prueben de qué están hechos y contemplen su sueño cumplido en deflación, en mínimo, por un segundo, pero durante ese segundo cobra sentido la vida, así sea para pasarse el resto de la misma buscando lo que nunca más volverá a pasar. Una tarde recogió una carrera para el nuevo aeropuerto de Rionegro, un desplazamiento ansiado por los taxistas, porque era una carrera larga y con recargo, con un alto margen de ganancia en poco tiempo, subió contento por la carrera pero en silencio porque sus pasajeros, una pareja mayor, le pidieron que por favor apagara el radio, apenas los descargó y con la plata en el bolsillo, para celebrar su buena suerte sintonizó Latina Stereo a todo volumen y tomó la vía de Las Palmas para emprender el regreso cuando pasando la rotonda vio asomarse a la carretera a un hombre con una apariencia extraña, apurado, voleando el brazo para detener algún carro, bien vestido con pantalón y chaleco blancos sobre una camisa rojo rubí pero descalzo y sucio, lo que le llamó la atención fue que el hombre parecía una copia de él mismo después de una noche de malos tragos o de una paliza o de las dos cosas, atraído por lo que veía y aprovechando que venía vacío se animó a detenerse media cuadra adelante del hombre y observó por el retrovisor al personaje tratando de correr descalzo a saltitos incómodos sobre el asfalto; a medida que se acercaba se hacía más nítida su imagen, en verdad era idéntico a él, cuando se montó con rapidez en la parte trasera de su taxi, Héctor quedó embelesado, si no fuera por la ropa que traía puesta podría jurar que se estaba viendo a sí mismo, como si se hubiera desdoblado, no era capaz de quitarle de encima los ojos cuando el otro le dijo con un marcado acento caribeño, ¿Qué pasa, chico, que no arranca?, llévame rápido al Hotel Nutibara, Héctor no podía salir del asombro que lo tenía agarrotado a la cabrilla sin poderse mover, el otro desesperado le repitió Vamo rápido que me están persiguiendo, el chofer saliendo de su trance percibió los ademanes nerviosos, su mirar azorado y los movimientos compulsivos de su quijada y supo que estaba periquiado, pensó que se trataba de un loco borracho y drogado pero al instante y repasando su pinta se figuró que podría ser un imitador de Héctor Lavoe, las mismas gafas, el peinado hacia atrás y la manera de hablar, era como las que él mismo quería tener, sin embargo su estado alterado y su traje maltrecho y la falta de calzado lo hicieron desconfiar y caer de nuevo en la idea de un enajenado, le inquirió, Hermano esa carrera vale tanto, ¿usted sí tiene con qué pagarme?, el pasajero le contestó, Hombre yo soy Héctor Lavoe el cantante de salsa, lléveme al hotel que allá le pago. El chofer pensó que el tipo estaba embalado de coca y reloco, le dijo, Ah no, hermano, muy bacana su pinta y todo pero yo no trabajo gratis, mejor bájese que esa carrera es muy larga y de caridad no me da, el otro desesperado mirando inquieto hacia atrás le dijo, Arranca man, que yo en el hotel consigo dinero y te pago pero arranca, No, no, no, hermano, yo no trabajo así, usted allá se me vuela, bájese, bájese, le contestó el conductor y el cliente desesperado estiró su mano derecha y mostrándole el anillo con su nombre grabado en oro de 18 kilates le dijo, Mira, llévame y te pago con esto, y recuperó su mano de donde extrajo el anillo y se lo extendió al conductor que al verlo se paralizó de nuevo, la sangre se le hizo espuma, la garganta un desierto y su cabeza una noria de incertidumbres y precipicios, en realidad, de verdad quien estaba atrás en su carro era Héctor Juan Pérez Martínez, no podía creerlo, comenzó a temblar, hasta que la voz de su ilustre pasajero lo sacó de su turbación, Arranca man que me están persiguiendo, Héctor recuperándose del deslumbramiento en que había caído y contemplando la certeza que lo apabullaba y lo impedía, como pudo hizo caso, el carro trastabilló al sacarle rápido el embrague pero pudo arrancar. Lavoe al verse alejado del sitio se recostó tranquilo y le dijo, Regálame un cigarrillo, el conductor esculcó en la guantera y sacó el paquete de puchos que su papá mantenía guardado y que él vaciaba cada turno sin reponerlo, le pasó el paquete con la mano temblorosa y hundió el encendedor en el tablero del carro, cuando se disparó se lo alargó a su pasajero y recuperando un hilo de voz de las entrañas donde se le había escondido le dijo, Maestro de maestros, ¿qué está haciendo en esta ciudad y qué le pasó, por qué está así? Lavoe botando el humo por la nariz y acomodándose las gafas le contó en un tono más relajado que lo habían traído para una fiesta clandestina en una quinta, con unos tipos armados y muy drogados que miraban amenazantes todo el tiempo y solo hablaban para pedirle canciones pero no bailaban a pesar de que estaban rodeados de mujeres hermosas, y que la cosa iba rara pero bien, había buena droga y licor pero el ambiente se puso tenso después de que cantó sus éxitos más conocidos y quiso cerrar la intervención con la canción que lo había vuelto a traer al ruedo, un tema compuesto por Rubén Blades que estaba siendo el hit en las emisoras dedicadas al género en el mundo entre ellas Latina Stereo y que nuestro Héctor se sabía de arriba abajo, llamado El cantante. La mera mención del tema le atrajo una sonrisa amplia de felicidad, Es un temazo, le dijo, Lavoe dijo: Papi, tú no sabe, ese tema desató la loquera. Yo ni sabía que a esa gente le gustaba tanto, man. Me hicieron cantarlo como doce veces, al principio to’ chévere, con risa y buena onda, pero ya después del quinto bis se empezaron a enchismar porque yo no quería cantarla más, y se me notaba el desgano, ¿tú sabes? Hasta que se encojonaron de verdad, gritándome: “¡Cántala bien, maricón, pa eso fue que te trajimos!”. Y ahí, pues, tuve que apretarme, a punta de perico y fumancharia, pa entonarla como pudiera, hasta que la voz no me dio más, brother. Entonces me metí pal baño diciendo que tenía que mear y, mira, por una ventana me les volé. Porque yo a esa tarima no me subía má’, ¡ni loco! Lo jodío fue que como en la décima repetición, en un break pa darme un pase, me había quitado la chaqueta y los zapatos porque estaba sudando con cojones, y ahí mismo tenía la billetera. Por eso es que ahora no tengo con qué pagarte. Pero tranquilo, en el hotel me está esperando gente mía, y por eso terminé aquí, en estas condiciones. De suerte que los músicos eran de ellos, contratados, y no mi orquesta, porque si no, ahí sí que me hubiera tocao quedarme. El taxista escuchó la historia suspendido, seguía sin asentarse en la realidad, le parecía que estaba viviendo un sueño y las palabras y el acento de su interlocutor cobraban consistencia a medida que avanzaba en el relato, se le hacían familiares con el tono de las canciones, cuando llegaron a la acera del Hotel Nutibara no le cabía la menor duda de que estaba vivo y despierto, que en realidad había recogido al cantante de los cantantes, a su ídolo máximo, a la razón de verse y sentirse como se veía y sentía desde que lo había escuchado, el Jibarito se aprestó a bajarse del taxi pero antes tomó con fuerza el anillo para desprendérselo de sus dedos y se lo extendió al taxista diciendo, Vea, lo convenido, mi Héctor embrollado como estaba no atinó sino a decirle, No, cómo se le ocurre maestro, usted es Héctor Lavoe el cantante más grandioso que ha dado la tierra, yo no puedo aceptarle esto, no tendría cómo, no podría vivir con eso, el cantante sonriendo estiró la mano y se lo puso en el tablero diciéndole, Chico, llévatelo para que completes la pinta que te veo muy parecido a mí, además yo en casa tengo otros dos idénticos, y diciendo esto se dio media vuelta, Héctor le dijo, Maestro, hágame el último favor, Lavoe se detuvo y le levantó la cabeza como inquiriendo, Héctor continuó, Regáleme un pedacito de Soy vagabundo y Lavoe sonriendo siempre entonó con su voz oscurecida por una noche larga “Vagabundeando voy, soy vagabundo por no encontrar en este mundo, dónde poder pasar horas felices, dónde poder echar hondas raíces, dónde fructificar cual árbol nuevo, la savia musical que adentro llevo” y haciéndole un gesto marcial con los dedos en la sien se despidió y entró al hotel con pasos escrupulosos, el camaján lo vio alejarse y se soltó en un llanto incontenible, pensó que nunca había sentido eso, un llanto sonreído, era el llanto de la felicidad, por lo que no supo distinguir que esa punzada en el pecho no era la alegría inédita del que ha conseguido su máximo propósito en la vida y no sabe cómo enfrentar la felicidad sino un ataque agudo al miocardio, que detuvo su corazón enamorado de Héctor Lavoe para siempre, se desmadejó sobre el volante activando la bocina que emitió un sonido continuo y molesto que atrajo a los curiosos de entre los cuales salió un niño de once años con una vida ruda de calle, joven veterano del centro, experto en brillos que sin inmutarse por el cadáver sobre el manubrio entrevió el anillo, lo tomó con su mano derecha y echó a correr.