CONDENADO AL ÉXITO
por Mauricio López Rueda
Fotografías: Juan Fernando Ospina
Edgar de Jesús Berrío nació con la sandunga en los ojos, con el oído afilado y con un bamboleo sabroso enredado entre cadera y piernas. Nació con un don, el de la música. Pero los dones no son anunciados, simplemente están ahí, ocultos, y quien los posee debe descubrirlos, intuirlos y luego potenciarlos. Hay quienes se dan cuenta de ellos y no los aprovechan porque simplemente no creen, y también están quienes los despilfarran. Pero ese no fue el caso de Edgar, quien desde muy pequeño le tomó apego a la música, a tal punto que no podía dormirse sin el arrullo de Radio Sonorama, emisora que escuchaba en un radio reloj que su mamá le regaló a los nueve años, seguramente para espantarle la nostalgia.
Edgar, que nació en Medellín el 22 de diciembre de 1970, vivió los primeros años de su infancia en Bello. No conoció a su padre, pero sí creció en una familia grande, alegre y bulliciosa: la mamá, un hermano menor y tres hermanas querendonas y musicales.
A los ocho años vivió su primer trasteo. Su madre, Nubia, pensó que la vida podía sonreírles un poco más en las faldas de Manrique, y hacia allá emprendieron camino en 1978. Se instalaron en el sector La Pastora, donde los porros, las cumbias y las gaitas eran el pan de cada día.
En su casa también se escuchaban esos ritmos de vez en cuando, pero lo que no podía faltar, sobre todo en las mañanas, era la música romántica. No existía La Voz de Colombia, que se fundó en 1982, de modo que las canciones románticas se escuchaban en Radio Junín y en Sonorama.
Los años pasaron rápido para Edgar y su familia. Medellín todavía gozaba de sus años de esplendor industrial y empleo no faltaba para quien quisiera tener las manos ocupadas. Pero la violencia comenzaba a anunciarse y en el sector donde vivían dos grupos delincuenciales se disputaban el control del miedo, La 30 y La Pastora. Entre los dos combos se contaban al menos unos treinta malandros y, de todos, el peor era la Plaga, un moreno bajito y macizo, de ojos amarillentos, pelo corto y brazos fuertes. Siempre cargaba dos pistolas y las exhibía como si fuera un pistolero de las películas gringas. A la Plaga todos le tenían miedo, hasta sus familiares.
Al mismo tiempo, y como contrapeso de esa violencia emergente, el arte se abría camino y la música se esparcía como un viento renovador sobre el valle del río Aburrá. A pocas cuadras de la casa de Edgar, por ejemplo, Jairo Grisales se inventaba ritmos acelerados y letras pegadizas para su Conjunto Miramar, y más abajo, en la 45, empezaban a abrirse bares de bohemia donde reinaban el tango, el bolero y el son cubano.
Los grupos de rock y punk afilaban sus guitarras en los garajes y la salsa comenzaba a ganar terreno en bares y discotecas. En la carrera 45 se abrió un lugar llamado Belmonte, que luego se renombró Lebron. Su dueño poseía una gran colección de vinilos. Allí tuvo su primer trabajo Edgar, a la edad de quince años. Su labor era poner música y atender las mesas. Fue feliz en ese lugar. Le encantaba descubrir nuevas canciones y ponerlas a sonar a todo timbal.
El amor por el conocimiento musical germinó con Radio Sonorama. El locutor Jorge Hernán Flórez tenía una peculiaridad y es que presentaba las canciones de manera concisa, pero siempre entregando alguna información relevante de la letra o el autor. Por ejemplo, no escuchaba a Juan Bau y su éxito La estrella de David, para él era Juan Bautista Conca Moya, oriundo de Aldaya, España, y La estrella de David era una canción inspirada en la historia de amor que el productor Pablo Herrero tuvo con una joven israelí que lo abandonó.
Esas historias, esos datos, provocaban electricidad en el cerebro de Edgar y por eso, cuando conoció la salsa, también tuvo ese impulso, esa sed por saberlo todo. Cuando escuchaba una canción de Noro Morales, Lucho Macedo, Larry Harlow o de los Jóvenes de Hierro, corría a buscar el LP donde fuera, solo para leer la carátula o el respaldo, y así darse cuenta de quién era el cantante, quién era el arreglista o quién tocaba la trompeta. Toda esa fiebre se potenció cuando salió al aire Latina Stereo el 31 de octubre de 1985, en el dial 101.3.
Edgar había tirado de un hilo mágico cuando pidió de regalo el radio reloj y, sin darse cuenta, encendió el mecanismo que abriría las puertas de su destino. Todo comenzó a desencadenarse, una cosa tras otra. Primero el radio, luego Jorge Hernán Flórez, después el bar y la compra de los discos. Finalmente, la salsa, Latina Stereo y, como decía Cheo Feliciano: “Se soltaron los caballos”.
A Edgar no le atraían las canciones “panela”, esas que las emisoras ponen a rodar una y otra vez hasta que se vuelven un dolor de cabeza focalizado en la sien. Nada de eso. A él le gustaba la salsa brava, la de azotar baldosa, la timbalera.
Si le pintaban un Anacaona, él respondía con Descarga atómica del Conjunto Chorolo; si le tiraban a Oscar del León, él respondía con Kent Gómez. Si le llegaban con Llorarás, él respondía con No volveré de Las Siete Potencias, o con Algo criollo de Pachapo y Papo Cocote.
“Ay, es que yo estoy en sintonía del 17.1 de Palmieri, y pongo la aguja en The Bertos Madness, que eso sí es candela”, podía leerse en los ojos brillantes de Edgar, que antes de cumplir los veinte años ya bailaba como Aníbal Vásquez, el animador de la Fania reconocido por su destreza como bailarín.
Edgar era un abonado del programa Sabor Latino. Llamaba todas las tardes a pedir canciones. Era tanta su fiebre que se unió al Club de Amigos de la Salsa y empezó a ir a las reuniones en El Poblado, Envigado, donde fuera. En esos encuentros conoció a Elmer Vergara y a Orlando Patiño, dos piezas clave de la emisora que, además, tenían mucho contacto con la comunidad salsera.
A esas reuniones de Amigos de la Salsa, Edgar asistía acompañado de Jenny Correa, su novia en esos tiempos. Ella también era bailarina y ambos, por cosas del destino, terminaron inscribiéndose en un concurso de salsa que se organizó para acompañar a Cheo Feliciano y su orquesta en el concierto del segundo aniversario de Latina, en 1987.
Fue Jorge Gómez, el locutor de la famosa cuña: “Lo que viene tiene mucha salsa”, quien lo invitó a inscribirse. Edgar quería ir al concierto, pero no tenía cómo pagar la boleta. En cambio, si ganaba el concurso, podía entrar gratis.
El hijo de Nubia no solo ganó el evento sino que de paso fundó un grupo de baile en Manrique, Ritmo Latino, el primero de ese estilo en Medellín y, quizás, uno de los primeros en Colombia.
En La Pastora, el apellido Berrío había fecundado una relativa fama. Muchos querían ser como él y otros le tenían envidia.
Los primeros integrantes de Ritmo Latino, además de Edgar, fueron Rodolfo Carrasquilla, Freddy Yiyo Caicedo, Delcira Arango, Dora Cadavid y María Eugenia la Ñeca. Jenny Correa ingresaría tiempo después en reemplazo de Dora. Erica, la hermana menor de Edgar, también bailaba con ellos de vez en cuando.
Grupo de baile Ritmo Latino a finales de los ochenta. Archivo personal.
Ritmo Latino se convirtió en el grupo de cabecera de Latina Stereo en las salsavías de cada mes. También eran constantemente invitados a eventos, concursos y hasta programas de televisión. La emisora los había dotado con chaquetas y el mismo Edgar diseñaba y cosía los trajes de baile.
En el barrio, las envidias crecían, y ese inexplicable resentimiento llegó a su límite cuando Edgar, como representante de Ritmo Latino, fue invitado al concurso televisivo Baila de Rumba, que era presentado por Alfonso Lizarazo. Mientras pasaba el programa por Teleantioquia, al mismo tiempo, en los canales nacionales el presidente Virgilio Barco Vargas estaba al aire con una de sus alocuciones. Y era tan aburrido escuchar al mandatario cucuteño, que mucha gente se pasó para el canal regional justo cuando estaba bailando Edgar. Desde ese día, el joven ya no fue más un habitante ordinario del barrio.
Su nombre era el más reconocido de Manrique y su fama se convirtió en una bola de nieve que también afectó a sus amigos. Todas las mujeres del barrio querían conocerlos, salir con ellos, bailar con ellos. Eran los invitados de honor a cuanta rumba se hacía desde San Pablo hasta Campo Valdés, y ellos iban, convencidos de que su estrellato los iba a proteger de todo mal y peligro.
Algunos malandros, y entre ellos la Plaga, no veían de buena manera el ascenso de Edgar y sus amigos, y les prometieron bala “por picaos”. Tanto Edgar como Yiyo y Rodolfo fueron sentenciados a muerte por la Plaga y no les quedó otra que esconderse durante un tiempo. Pero a Rodolfo le picaba la casa y un día salió a jugar un picadito de fútbol. En una de esas, la Plaga lo vio y le disparó por la espalda en plena cancha.
A pesar de la tragedia, Ritmo Latino siguió adelante. A Rodolfo lo reemplazó otro joven del barrio, Peter Alexander, y como dicen los viejos: “El muerto al hoyo y el vivo al baile”.
A la Plaga también le llegó su hora con el correr de los días. La policía lo capturó y fue enviado a la cárcel, donde murió a manos de sus enemigos. La vida de Edgar y sus amigos continuó sin mayores sobresaltos, pero todos habían aprendido grandes lecciones. Edgar, por ejemplo, se aferró aún más a su devoción por la Santa Cruz, una creencia que había heredado de su madre y que significaba vencer el pecado y la muerte para recibir protección y bendiciones.
Peter encajó en el grupo. Era un muchacho muy tranquilo, leal y generoso. Nunca se metía en pleitos, jamás decía nada malo de nadie y siempre estaba listo para prestar ayuda a quien la necesitara.
Con él, Ritmo Latino siguió haciendo presencia en las salsavías y apareció en una de las emisiones de Arriba mi Barrio, un popular programa de Teleantioquia. Sin embargo, el hado de la muerte seguía persiguiéndolos como neblina putrefacta.
Un joven del barrio con claros indicios psicóticos, al que le decían Brutus, asesinó a Peter durante un baile en una de esas lomas de la nororiental. Edgar se dio cuenta de la noticia al día siguiente. La mamá de Peter tocó a su puerta muy temprano. Quería llevarse el uniforme de baile. “¿Y es que Peter va ir a bailar a alguna parte?”, preguntó Edgar. “No, es que ayer me lo mataron, y lo quiero enterrar con esa ropa”, dijo la señora con voz temblorosa.
Ese fue el principio del fin de Ritmo Latino, al menos como grupo. Cada quien siguió su camino. Ya era 1991 y Edgar se había convertido en padre. Abandonó esa parte festiva y pública de la salsa y se refugió en la música, pero desde el santuario que era su hogar. Su gusto por la música romántica no había desaparecido y, como tenía tiempo, comenzó a grabar en tacos de betamax los programas de Jimmy Salcedo, el Show de las Estrellas y Espectaculares JES. Se dedicaba más de diez horas al día a pasar videos de un taco a otro, ayudado por una unidad de CD con pitch control. Para pasar una canción de dos minutos, de un taco a otro, con el sonido más o menos acorde a la imagen, podía tardarse hasta seis o siete horas. Todo eso lo hacía mientras su hijo, Cristian, dormía o estudiaba.
En ese tiempo Edgar no tenía trabajo fijo, así que un día agarró sus tacos y comenzó a recorrer Medellín ofreciendo videoconciertos en lugares con pantalla gigante. En Los Dos Faros, un sitio de música en el parque de Cristo Rey, le dieron su primera oportunidad y la sacó del estadio. La voz se corrió por toda la ciudad. Lo llamaban de todas partes para que proyectara los videos y con las ganancias mejoraba sus equipos y sostenía el hogar. Su esposa, Sorelly Vahos, también trabajaba. A ella la conoció en una escuela de baile y el flechazo fue inmediato.
Era tan beneficioso el negocio de los videoconciertos, que a Edgar se le ocurrió que lo mejor era tener un lugar propio. Entonces abrió un local por Barbacoas, cerca de Villanueva. El lugar se llenaba, pero Edgar se bebía las ganancias con los amigos, y se quebró.
La idea de un bar para proyectar videos se le convirtió en una meta. Lo siguió intentando, pero con más calma. El otro hobby que lo mantuvo ocupado en esos tiempos fue el de coleccionista. La salsa no dejaba de sorprenderlo, entre más sabía, más quería saber. Alguna tarde se iba para Junín o La Bastilla a comprar un LP de Cortijo con Rolando La Serie, y se daba cuenta de que existía la Orquesta Capri con el cantante Dukie González y, claro, lloraba por tenerlo.
Por esos días se hizo amigo de Giovanny Quintero, otro joven salsero con el que iba seguido a los bares de Palacé. A Giovanny, que le decían Killer, lo mataron sin motivo una noche de noviembre de 1993, después de una rumba en Carruseles, uno de los bares más famosos del centro.
Tras ese episodio, Edgar volvió a refugiarse en su familia. Se alejó de los bares, de los bailes, se apaciguó. Hibernó durante casi dos años, hasta que un día, en 1995, escuchó que la Fania, en pleno, iba a visitar Medellín. Esa noticia lo sacó de su letargo. Decidió que tenía que ir a ese concierto, pero no tenía plata. Retomó los videoconciertos, buscó a viejos amigos, pero nada era suficiente. Hasta que un día escuchó una promoción en una emisora sobre un concurso de baile cuyo premio era estar en tarima, y se inscribió junto a su hermana Erica.
Tenía que reactivar las piernas, estaba un poco tieso, pero el swing seguía ahí. El concurso era en el Obelisco y había más de 150 parejas inscritas. Después de muchos ensayos, Edgar recuperó el fuego de sus entrañas y, como en los tiempos de Ritmo Latino, su cuerpo se elevó por los aires. Los hermanos Berrío ganaron el concurso al ritmo del electrizante Agúzate de Richie Ray y Bobby Cruz.
El día del concierto, Edgar y Erica fueron invitados al Hotel Intercontinental, donde iban a alojarse las estrellas Fania. El lugar estaba atestado, pero Edgar y Erica estaban en primavera y la suerte les sonreía. Una de las organizadoras del evento se les acercó y les preguntó si conocían a todos los músicos. Edgar dijo que sí y entonces fue llevado, junto con Erica, hasta el tercer piso, para que recibiera a los monstruos y les entregara las llaves de sus respectivas habitaciones. Los conocieron a todos, se tomaron fotos con ellos y hasta compartieron mesa con Willie Colón.
Antes del concierto habló con Jerry Masucci para escoger las dos canciones en las que iba a bailar. Eligió Anacaona, de Cheo, y Adoración, de Ismael Quintana.
El evento fue un éxito. Edgar y Erica se lucieron y quedaron inmortalizados en un video que rueda libre por la internet y que grabó Carlos Russi, salsero también, promotor del alquiler de minitecas en Medellín. “Hasta Aníbal Vásquez nos felicitó en vivo y en directo”, recuerda Edgar.
Con su espíritu cargado de energía, Edgar volvió a intentarlo con el bar. Se asoció con un comerciante y abrieron un sitio en Sabaneta. El negocio tuvo un fin de semana de apertura formidable, pero ocho días más tarde los ladrones se metieron al bar durante la madrugada y se robaron todos los equipos, lo dejaron en la ruina.
Berrío se sentó a llorar en plena calle, sin saber qué hacer, entonces Sorelly, su esposa, llegó al rescate. El tío de ella, Albeiro Villada, le prestó siete millones de pesos para que reiniciara el negocio y el sueño echó a andar otra vez. Sin embargo, Edgar no volvió a Sabaneta. Rompió con su socio y se fue a buscar un local en Envigado. Lo tenía todo muy claro, el sitio se iba a llamar Melodía para Dos, y se iba a enfocar en videos de música romántica.
Gracias a Melodía, Edgar comenzó a dar pasos gigantes en el negocio de los grandes conciertos. Primero trajo a grandes de la romántica como Nestor Daniel Hoyer de Los Terrícolas; Bárbara Virginia Bourse, de Bárbara y Dick; a Fausto; a Sergio Fachelli; a Buddy Richard; a Liliana Esther Maturano, Tormenta, y al grupo Trigo Limpio. Luego montó una viejoteca en Envigado, Melodías de Antaño, y se ingenió un concierto al que bautizó Leyendas Vivas de la Música Tropical. De 2010 a 2014 logró convocar a Nelson y sus Estrellas, La Playa, Verónica Rey, Doris Salas, la Billos, Los Melódicos, Los Blanco, Mike González, Ángel Flores y hasta a Hernán Hernández.
Cuando ya no tuvo más a quien traer, retornó a la salsa. En 2015 fue a visitar Latina Stereo y se reencontró con Joaquín Builes, el director de la emisora, a quien no veía desde hacía muchos años. Se sentaron a conversar y Edgar le contó de su proyecto. Quería hacer un gran concierto de salsa, y qué mejor marco que los treinta años de la emisora.
Joaquín le dio el ok, y así nació Leyendas Vivas de la Salsa. Eso sí, Edgar advirtió que lo de él era algo diferente, que él no pensaba en orquestas modernas consagradas, sino en salseros viejos, olvidados, en monstruos de la vieja escuela, los pura sangre de la salsa brava.
Ese 2015, en el trigésimo aniversario de Latina, Edgar logró reunir al Sexteto Juventud, la Dimensión Latina, Alfredito Linares, la Orquesta Mango y la Orquesta Zodiac. Metió cerca de ocho mil personas en La Macarena.
En ese concierto, los músicos de la Orquesta Mango bautizaron a Edgar como el Melodioso, y hasta le dedicaron una canción: “Le dicen el Melodioso, fenómeno natural, este sí sabe de salsa, y en Medellín pone la gente a bailar”. A partir de ese día, Edgar se convirtió en el empresario más exitoso de los grandes conciertos de salsa en la ciudad. Desde 2015 ha logrado traer a personajes que se creían retirados, o incluso muertos, y a los que nadie había vuelto a escuchar. Y todo porque su lema es “un concierto diferente para un salsero diferente”. La Narváez, la Dicupé, Ray Pérez, Kent Gómez y la Zodiac, todo eso con esfuerzos casi hollywoodenses, como sorprender a Luis García en Puerto Rico, para traer a Latin Tempo, y aparecerse en un almuerzo de Rubby Haddock en Nueva York.
En la casa de Berrío hay una Santa Cruz en cada rincón, y vinilos y tacos de beta y VHS en todas las repisas. Tiene un trombón que le regaló la Narváez y un disco de The New Swing Sextet del que solo se sacaron sesenta copias en el mundo. También tiene un disco de 45 revoluciones por minuto de Glidden Quintana, que le regaló Sorelly un Día del Padre.
Su cuartel general, su búnker musical, está ubicado en El Poblado. Allí tiene una consola de sonido, pantallas, computadores, discos de todos los géneros y muchos recuerdos de su pasado.
Todo eso quedará en manos de sus hijos y de sus nietos. Pero hay tesoros que no se pueden heredar, como esa noche cuando bailó con la Fania, o cuando reunió a la Narváez, o cuando tocó los timbales con Mango, o cuando reunió a Fruko con Saoko. Tampoco podrá heredar el recuerdo de sus amigos caídos, ni el de los que compartieron escenario de baile en tantas fiestas, en tantas salsavías. Esos recuerdos lo acompañarán hasta el fin de los tiempos, porque ni siquiera la muerte podrá apagar el fuego del Melodioso, un hombre que es puro sabor y férrea voluntad, un verdadero condenado al éxito.