CAramelos escasos

por David Eufrasio Guzmán

Fotografías: Juan Fernando Ospina

Esa pinta ahí donde usted la ve caminando por el cen­tro con esos pasos tan cuidadosos, tan cariconten­to con esos viejos vinilos adosados bajo el brazo, no sabe qué terrenos está pisando cuando decide con­vertirse en coleccionista, aunque casi siempre em­pieza a serlo sin darse cuenta. En gran medida no imagina lo que le espera, ni intuye el camino que va a recorrer, ni si­quiera sabe que es un camino sin meta ni final, un camino que nunca acaba, porque siempre hay un peldaño más, nuevas o antiguas me­lodías, la Salsa, con mayúscula, ese inagotable y acogedor mundo en el que se mezclan los ritmos del sabor, desde la charanga hasta el son montuno, pasando por la salsa brava, el latin jazz, el boogaloo, la gua­racha, el mambo y el ritmo que usted, amigo y amiga salsera, quiera añadir.

“Mi amor, no compré la lavadora, compré un disco de Rey Dávi­la”, le dijo Mauro Guaguancó a su señora y qué problema tan verra­co, con toda razón. Un caos familiar prácticamente. Pero Mauro se aguantó el regaño y la varilla y lavó ropa a mano un tiempo sin chistar y habría lavado ropa a mano un año entero si fuese necesario con tal de conseguir lo que para él era una joya. Así es el coleccionista cuan­do ya está metido en el fango, empecinado, temerario, decidido. Mi abuela diría: un vicioso, un vicio más. Y puede que sí, pero esta acu­mulación sistemática de objetos llamados vinilos, discos o pastas, nace del mejor vicio de todos, que es el que viene de una pasión, la Salsa en este caso, que te lleva a querer y a querer saber más, a co­nocer y dar a conocer lo que te apasiona y que muchas veces está oculto o más cerca del polvo o en un anaquel esperando a ser descu­bierto, disfrutado, estudiado y compartido. El vicio del conocimien­to. Con su patrocinio, la primera frase del coleccionismo salsero: la apropiación material es apropiación intelectual.

Mauro Guanguancó, maestro del arte de coleccionar.

Hace unos veinte años, en sus veintes, Mauro escuchaba música en emisora, canciones en CD aleatoriamente y nada sugería que fue­ra a convertirse en un coleccionista empedernido hasta que recibió un regalo de un amigo que entre viajes de aquí para allá decidió re­modelar y salir de unas buenas panelas, Tito Puente, Celia Cruz, Héc­tor Lavoe, Conde Rodríguez fueron los músicos que lo marcaron y le inyectaron la fuerza y las ganas de escuchar más, de investigar, de afi­nar el oído y querer ir más allá. A partir de ahí, por puro gusto, empezó su recorrido como coleccionista, motivado por las músicas que fue descubriendo y el contenido que encontraba en las carátulas de los vinilos sobre orquestas, cantantes, músicos, sellos discográficos, años de gra­bación o si era un 33 o un 45. Saber por qué esa orquesta sonaba así o cuáles habían sido los motivos para que este cantante grabara con tal orquesta se convertía en una obse­sión que al final alimentaba su cabeza y sus repisas. En este mundo infinito, el coleccio­nista de salsa está siempre en construcción, nuestra segunda frase con guirnaldas.

En esos albores de los dos mil, cuan­do Mauro empezaba a abrirse espacio en el gremio de los coleccionistas, Diego Ca­ribeña cumplía ya treinta años recopilan­do música. Porque oyéndola sí llevaba las casi cuarenta pepas que tenía empezan­do el milenio. Diego es pura vieja guardia, no le falta el pañuelo en el bolsillo, un nos­tálgico de la década anterior a la de su na­cimiento, la del cincuenta y su elegancia y su rumba perenne, su fusión de ritmos y sus grandes bandas. Criado en un barrio de cla­se obrera por su abuela y una tía abuela, un par de bailarinas bravas, bailarinas de tierra y pavimento, digo, creció con la rumba res­pirándole en el cuello. A sus tiernos oídos entraba la contagiosa música de Pérez Pra­do, la Sonora Matancera, Crescencio Salce­do, Edmundo Arias y mucha Billo’s Caracas Boys. No era un juego. A sus quince años en el carnaval de Barranquilla, mientras Johnny Ventura cantaba Dilema en la caseta mate­caña, la salsa lo eligió para siempre. “Uno nace para ciertas cosas”, le oí decir en estos días y si el lector está de acuerdo sumamos su frase a la palestra.

 Diego Caribeña con una de sus joyas.

El gusto por la música en acetato le ha­bía llegado a Diego cinco años antes, cuan­do todavía era un niño. Su papá, radicado en la boyante Venezuela de la época, venía cada seis meses con discos de las orques­tas venezolanas tradicionales, Dimensión Latina, Oscar D’León y, aunque ya no se escuchaban tanto, Federico y su combo o Ray Pérez. Atraído por la música en general y los vinilos, mezcla indisoluble, se podría de­cir que su platillo iniciático fue 2Sets del Dia­blo de la Salsa, un disco de género rumbero que ponía jornadas enteras de lado a lado en la radiola de la casa hasta que su papá llegó con nuevos ejemplares y la aguja ce­lebró dar vida a otra sonoridad. Para 1985, el año Latina, Diego tenía claro que no solo iba a conservar el patrimonio de discos de la abuela sino que iba a ampliarlo, a eso lo invitaba la disciplina que había aprendi­do de ella, redundo, de aprender cada día algo nuevo. “Colecciono recuerdos por me­dio de las notas musicales”, oigo que dice Diego con esa voz cascada de tanto sereno será, porque rumba poca.

Sobre todo. Si algo ha vivido Diego es el agite y la rumba. Uno de los que apagó la luz en la turbulenta Palacé, esa ya mítica calle musical y fiestera, en el momento lo más pa­recido con sus alrededores al azote caleño de Que viva la música. Le tocaron el decli­ve social y los últimos bares, Brisas de Costa Rica y Carruseles, y en esas correrías entre an­tros y calles más abajo, en La Fuerza, otro de esos lugares históricos, conoció a la que iba a ser y aún es hoy su compañera de vida, poeta laureada ella, bohemia y asidua en esos años de la estimulante librería Aguirre, de donde salían unas delicias, qué digo, unos casetes coleccionables llamados “Música para ca­maleones”. “Escuche esto”, ordenó la dama y esto era Carmen McRae con Cal Tjader y en las congas Poncho Sánchez, poco conoci­do para la época. La versión de Evil ways, ori­ginal de Santana, lo enamoró del vibráfono, un instrumento de percusión poco común en la salsa, que se aleja de la fuerza y del ritmo para favorecer la melódica, una nota precisa. “Con vibráfono suena mejor”, no se cansa de repetir Caribeña, que se convirtió en investi­gador y reconocido difusor del vibráfono en nuestro medio a través de los encuentros de coleccionistas, en Toque Musical y en algu­nos programas de los 100.9.

Desde que salió al aire Latina, oyentes apasionados y coleccionistas en ciernes es­cuchaban un tema que les inflaba el banano, como dice Albeiro Quiceno, y ahí mismo de­jaban lo que estaban haciendo y empeza­ba la joda por teléfono hasta obtener algún dato de la emisora y así poder pegar para donde los “vendedores de alegrías” en pa­sajes y recovecos comerciales del centro. Poco a poco las colecciones crecían. Diego aún conserva unos doscientos casetes con tres mil temas grabados directamente de Latina, cientos de ellos “pisados” con las fra­ses cremosas de John Gres que acuñaban el sonido de las palmeras con la canción por la mitad. Mauro Guaguancó también recuer­da la avidez con la que iba detrás de un vinilo cuando lo escuchaba por primera vez en al­guna taberna o en Latina Stereo, con un par de datos que le daba don Orlando salía para Hit musical donde Eliécer o Alfredo, o para donde don Javier o el Habanero en el pasa­je San José o cualquier otro de los vendedo­res que son referentes y hacen parte de esta cadena. Ese preguntar y preguntar sin pena lo ha hecho un conocedor y al mismo tiem­po le ha alimentado el deseo de coleccio­nar y de enseñar. Si no que lo diga Sebastián Ortiz, un pupilo de Mauro que empezó con la goma por los vinilos gracias a la herencia de un tío, la salsa se hereda, anoten, y los vino a asumir en serio cuando Guaguancó le dijo, “se sienta, abre el oído y aprende”. Sebastián obedeció y a sus trece años lle­gó a chillar emocionado al escuchar discos que nunca pensó ver rodar con sus propios ojos, como uno de Chu Linares y otro de la Orquesta Fuego.

Días antes del cumpleaños cuarenta de Latina, Sebastián tenía su colección de ele­pés y discos guardada en diecisiete cajas, una operación estresante y delicada por los peligros que acarrea el julepeo, apile, empa­cada y desempacada de tanto tesoro y pa­nela junta. A Sebastián no le interesa saber cuántos discos tiene, unos tres mil, dice casi que obligado, sin calcular mucho, no vale la pena pensar en eso si pareciera que nun­ca muchos van a ser suficientes y constante­mente estás sumando nuevos platillos a las estanterías: estas son ahora de una madera robusta y bien lijada que trajo de Urabá, con unas vetas que brillan bajo el barniz y la luz. En el garaje de la casa adaptado como sala musical también tiene los equipos de soni­do. Y qué duro bramaron los bafles con Los Dinners, una salsa sicodélica mexicana, y con Warumo, un vinilo de salsa nicaragüense que trató de comprar durante cinco años hasta que el propietario que no lo quería soltar, al ver que había perdido interés, lo llamó para negociarlo en tres palos. Normal, los precios están disparados. Así se le van los días a Se­bastián, pensando en vinilos, dando F5 en páginas polacas de venta de discos, miran­do oportunidades de negocio, en comprar un lote grande del que le interesa quedar­se con unos pocos y negociar el resto. O de pronto pasa un cristiano y piensa, “¿a este se­ñor le gustará la salsa?, ¿no tendrá en su casa unos disquitos que me venda?”. O de repen­te está preparando un viaje para un encuen­tro de coleccionistas en Barranquilla o para irse a farrear a Cali en sus días de vacaciones. Su primer disco, comprado en el Éxito con la plata de la lonchera, fue de Robert y su Ban­da. Y su aporte a nuestra colección: “La salsa es un estilo de vida”.

Además de enseñarles a otras personas el arte de coleccionar, Mauro Guaguancó, como lo indica su apellido salsero, quería introducir otros ritmos en la rumba de Me­dallo, donde sonaba más que todo lo clási­co y mucho mambo y latin jazz, ritmos que estaban en su esplendor. Entonces se de­dicó a viajar a otras ciudades en busca de guaguancós, sones montunos, guajiras y otros sonidos caribeños ausentes en los en­cuentros de coleccionistas. Una vez se fue con unos amigos a conocer Cartagena y se voló para Barranquilla, tierra de la maña pi­cotera, donde borran los sellos disqueros y les cambian el nombre a las canciones para que nadie las encuentre, como le pasó en una taberna de Medellín a Diego, que dio lora buscando “Como ruedan los patines” de Charlie Palmieri, una canción inexistente porque en realidad se llama Sandstorm. Iba en que Guaguancó llegó a la Arenosa con una lista de deseos, visitó varias tiendas, en una le dijeron que con tiempo podrían con­seguirle algunas cosas. Mauro igual compró varios vinilos, más para mantener el contac­to con el vendedor de alegrías, pero al sa­lir de la tienda, en la esquina, un empleado lo interceptó a hurtadillas del dueño. Resu­mamos: Mauro terminó en un barrio popu­lar de Barranquilla comprando cinco vinilos de la lista por cien lucas, muy buen precio, y no se llevó más porque el hombre no quiso, “después vuelve”, le dijo, y se quedó a ma­mar ron en la esquina mientras Guaguancó, con los discos bajo el brazo, intentaba esca­bullirse de aquel barrio.

Días después Mauro la sacaría del esta­dio y la gente quedaría feliz con uno de esos discos en un evento de coleccionistas que organizó Carlos Russi en la Terminal del Sur. ¡Como yo lloré! ¡Puro son y guaguancó con la orquesta Expose 1! Era la época en que se vivía una tensión maluca entre los colec­cionistas, por un lado los tradicionales y vie­ja guardia, y por el otro, la nueva ola, como Mauro y Sebastián, que se hacían llamar jo­cosamente “Los gigantes del sur”, ahí como para provocar. El ser humano quiere ser re­conocido en cualquier ámbito y en esa pelí­cula, dentro de un gremio, pueden aparecer egoísmos, recelos, envidias o repulsa a lo nuevo. Grupitos cerrados. Plomo. Mentiras, pero sí mucha discusión y para qué vas a po­ner eso o cómo así que no te gusta esta tre­menda canción tan tesa de este man que es un hijueputa artista, ¡cómo no te va a gus­tar, vos estás sordo! “Peleas innecesarias”, reconoce Caribeña, a quien los años lo han madurado y ahora es tremendo Gandhi del sabor. “La música es un bien universal, todos tenemos derecho a tenerla y a estudiarla”. Las viejas polémicas quedaron atrás, sabe que ninguna música se puede vender como la mejor. Más bien limar asperezas y compar­tir saberes, como hizo con Sebastián, latin jazz por montuno, y hasta discos truequia­ron. Veinte años llevaba Diego buscando Unidad, un vinilo del austriaco conguero Ni­cos Jaritz (con vibráfono es candela) en po­der de Sebas, que logró conseguirlo y a su vez quedarse con Bolita y su Tentación Lati­na, mucho más valorado económicamente. Al respecto dice Diego que el disco que vale es el que te entra, el que te hace chapalear, sin importar sello, precio ni carátula.

Sebastián Ortiz y su nueva estantería.

En algún momento el coleccionista de salsa valora su patrimonio y se pregunta, cómo hacer que estos vinilos cobren más bri­llo y no queden simplemente para el vacile y el regodeo. Y lo primero es compartir. A uno de los discos que fue top 5 de su colección, de Rafy Diaz y sus Navajos, Mauro le hizo diez copias en CD, los repartió entre amigos y siéntese, pare oído y aprenda. Lo que más le gusta de compartir es que siempre la per­sona tiene algo para aportar, un dato adicio­nal sobre el pianista, una anécdota sobre el cantante, un chisme sobre el sello discográ­fico y así entre todos se construye el saber salsero. Otra forma de poner a rodar la mú­sica es abrir una taberna, inevitablemente, como hizo Diego con Caribeña y de ahí su apodo, un nombre que viene que una can­ción de Ray Barretto de mediados de los no­venta cuando estaba retomando el latin jazz. Fue una taberna pionera en esos ritmos y era tan especializada que Liana, su compañera, le decía en son de burla, “montaste un nego­cio privado, solo pa los amigos”. El negocio no daba ganancia ni pérdida y se mantuvo entre el 95 y el 2001. Otra salida que tienen los vinilos son los encuentros de coleccionis­tas, adonde estos llegan con sus arsenales en acetato para la alegría de la afición. De modo que siempre habrá un momento en el que el coleccionista es reconocido, punto de referencia, y los salseros empiezan a seguir­lo a donde vaya: eventos, rumbas y progra­mas radiales. Y en esa salidera los que más sufren son los vinilos. Sebastián, que traba­jó en bares emblemáticos como El son de la loma y Tumbao latino y aprendió de los maestros y fue DJ con criterio desde que te­nía cédula de juguete, dice que la clave es el mantenimiento: evitar el polvo, doble bolsa, manipularlos con cuidado para no dañar las carátulas, y una receta para limpiarlos: una copita de limpiavidrios, jabón de loza, jabón de manos y, si quiere quitar manchas, dos goticas de alcohol. Mero coctel. No ingerir.

En ese objetivo imposible del coleccio­nista de acceder a su mundo salsero y tra­tar de contenerlo y controlarlo, pasa de todo, carisellazos dolorosos en los que quedás sin nada, empeño de joyas o electrodomésti­cos, largas esperas por un disco, trueques o tener que salir de lo más amado. Lo correc­to es que el lector escuche estos cuentos di­rectamente en la voz de los protagonistas, aquí en los QR. Mientras tanto, dice Cari­beña que el coleccionista tiene tres etapas: comprar por influencia, comprar por querer influenciar y compartir, y la tercera etapa, las más bacana, cuando ya la experiencia man­da, en la que te concentrás en vos mismo, te llenás para poder dar algo bueno. Ya no im­porta la aceptación. Y en algún momento también llega la necesidad de desprender­se y vender parte de la colección, como ha hecho Caribeña en dos ocasiones, una para que su hijo pudiera estudiar y otra porque había discos que llevaban diez años sin sonar y era hora de la liviandad. O también vender­la completa, como Mauro Guaguancó, que ya con esposa e hijo miró hacia atrás y vio a su colección convertirse en el patrimonio fa­miliar, la casa del hogar. Qué bonito lo que te da la Salsa. Dice el mito que circula en La­tina que el personaje que le compró las más preciadas joyas a Mauro es un empleado de Robert de Niro, coleccionista declarado, no se descarta que en las repisas del actor bri­llen los discos que alguna vez sonaron en las rumbas de Medallo… Mauro nunca va a dejar de ser salsero, pero una luz de nostalgia hu­medece sus ojos, “verlo rodar es otra cosa”.

Caribeña en su casa de campo, en el templo salsero que le construyeron su compañera y su hijo para que no se fuera a enloquecer sin su música, ahora más re­lajado que salió de la ciudad, en una tóni­ca más tranquila como el aire que respira. Guaguancó, con su familia y su saber, lle­no de anécdotas e historias, un melómano que conserva uno que otro disco, pero so­bre todo amistades, los panas que conoció en el mundo de la Salsa siguen siendo sus grandes amigos. Y Sebastián, en sus viajes, con la energía de la juventud y un estante nuevo que seguro muy pronto tendrá que ampliar. Porque en la salsa nunca hay gra­duados y siempre hay algo por aprender. Donde sea que estén, y sin importar cuán­tos discos tengan, estos tres coleccionistas y muchos otros que no caben en estas pági­nas son piezas esenciales en el ecosistema salsero de la ciudad. ¡Feliz cumpleaños, La­tina! ¡Quiero más!